La luna era lo único que recordaba de la noche anterior, redonda y observante. Quizás pudiera preguntarle a ella lo sucedido, qué había borrado el alcohol de su cabeza hueca. El teléfono sonó y su cerebro, anegado de telarañas, se despertó con un doloroso quejido.

— ¿Quién es?— la voz ronca y el aliento cadavérico manaron de su boca seca.

— ¿Jorge? ¿Eres tú?— era la voz de su madre, que no podía reconocer la de su hijo.

— Sí, soy yo mamá— dijo, carraspeando para aclarar la garganta— ¿Qué quieres?

— Tienes que venir a casa, ha ocurrido algo espantoso— escuchar a su madre llorar hizo que sus ojos, medio cerrados por la resaca, se abrieran para dejar caer una lágrima que limpió en una salada cascada las matinales legañas.

— Voy enseguida, mamá— y colgó bruscamente.

Antes de colgar oyó un murmullo delgado, un hilo de voz materno que decía: “Ha muerto”. No le hizo falta escuchar el nombre para saber que hablaba de su hermano, siempre estaba en problemas y metido con la gente equivocada. Cogió las llaves del coche, un BMW Serie 5 Berlina, nuevo de hacía unas semanas, era un capricho, pero la empresa iba bien y se lo podía permitir. Además, cuando uno vende productos financieros no puede presentarse con un coche cualquiera a una cena de negocios.

El camino a la casa de sus padres se le hizo corto, casi como un suspiro, la resaca y el anuncio de una muerte lo habían dejado incapaz de pensar. Una sola idea le venía una y otra vez a la cabeza: “Que no sea él. Que no sea Miguel”.

La casa estaba abierta y había muchos coches aparcados fuera. Su tío, Tino, estaba recibiendo las visitas. Cuando vio a Jorge no supo muy bien cómo reaccionar. Le dio la mano y le indicó que pasara con una frase mil veces repetida: “No somos nadie”. No fue difícil imaginárselo en su casa, en cuanto le dieron la noticia, ensayando frente al espejo, como un actor con un nuevo guion. Tino carecía de sentimientos y de sentido de la oportunidad, así que su madre lo había puesto fuera, donde no tuviera que verlo ni escucharlo. En momentos así lo que menos apetece es un hipócrita.

Dentro había bastante movimiento, su padre abrazaba a la que sin duda era la viuda, la cuñada de Jorge, mal educada y drogadicta. Sus uñas amarillas y dientes negros, su pelo seco y descuidado le produjeron una pequeña arcada. Supo que su hermano era el muerto porque aquella despreciable mujer no habría llorado por nadie de la familia, eran tal para cual. Miguel, ya sin vida, reposaba en una caja abierta, Jorge no fue capaz de mirarla directamente, solo de imaginar cómo debía verse su hermano dentro de aquel ataúd sus ojos se cubrieron de unas lágrimas que no cayeron por su mejilla, sino que se quedaron ahí, delante de su pupila, impidiéndole ver aquel infierno. Supo que todo el mundo estaba mirándole, que todos los ojos le observaban. Eran gemelos idénticos, él era una aparición del cadáver que descansaba a escasos metros, un juego macabro del destino que le heló la sangre y le hizo sentir que era él mismo el que había muerto. Tan afectado estaba por este pensamiento que no notó como su madre lo abrazaba, sintió como si nunca lo hubiera abrazado, como si hiciera años que no recibía una muestra de cariño como aquella. Puede que la muerte de su hijo hiciera manar todo el amor que no se acordó de darle al difunto.

Miguel se fue de casa a los dieciséis y entró en una espiral de autodestrucción que tenía a toda la familia avergonzada. Una respetable familia de clase media alta que no quería mirar a ese hijo prófugo y drogadicto. Sus padres lo habían olvidado como quien lanza a la basura un objeto, antes muy apreciado y que en ese momento estorba, una vez arrojado al contenedor ya no vuelves a pensar en él. Cada vez que alguien sacaba el tema de Miguel, era reprendido. El hermano de Jorge era un tabú, una parte odiosa de la historia familiar, una rama que podar del árbol genealógico. Un séquito de hombres y mujeres, que despreciaban a ese chico, ahora vestían de negro y lloraban falsamente su muerte. Esto llenó de rabia a Jorge que sintió la necesidad de gritarles, de expulsarlos de esa casa.

Su padre se acercó y cogió a su madre por el brazo: “Tu madre necesita descansar, me la llevo arriba para que se acueste. Procura que todo esté correcto mientras me ausento”, le dijo a su hijo, con su habitual voz de mando, pero más decaído, parecía que el dolor también había golpeado la voluntad férrea del inamovible coronel. Su padre había servido al país durante tanto tiempo que apenas gozó la infancia de sus hijos, su vida era el ejército y aquella casa se le hacía estrecha y aburrida.

Jorge le hizo un gesto a su tía Matilde para que se ocupara de que no faltara de nada a los que habían venido a despedir a su hermano. Él salió a tomar el aire, su tío Tino se había cansado de estar en la puerta y se había esfumado. El ambiente dentro era extraño, como si una secreta alegría hubiera invadido a aquella familia, como si la muerte de la oveja negra fuera un motivo de muda celebración.

Jorge respiró profundamente tres veces el aire de la calle, menos cargado que el de la casa, no fue capaz siquiera de darse cuenta de que ella estaba allí. Marta, la viuda de su hermano, fumaba ansiosamente cerca de él y le miraba con ojos nerviosos.

— Había dejado de fumar— dijo al fin con un aliento fétido, que se olía a metros de distancia.

— ¿Quién?— preguntó Jorge sin saber muy bien qué decir, sorprendido por la irrupción de aquel ser en sus meditaciones. No soportaba hablar con esa mujer, le producía náuseas.

— Miguel, quién va a ser. Quería cuidarse, el mamón, y va y se muere.

— Un respeto, por favor, pueden oírte.

— ¡Que se jodan! Nunca le quisieron, son una pandilla de estirados— pareció relajarse tras decir esto—. Tú no, tú eres distinto.

— ¿Tú crees?— Jorge no estaba muy convencido, se preguntaba si podría haber ayudado a su hermano, si podría haber evitado su muerte.

— Sé que me odias y con razón, pero quería a tu hermano— un silencio algo vulgar ocupó el porche, al fin, ella tomó fuerzas para decir lo que venía a continuación—. Me iba a dejar, lo sé, llevaba días muy distante, como si estuviera aprendiendo a odiarme…

— No creo que sea el momento de pensar en esas cosas.

— Claro que lo es. Estaba raro de cojones, se ponía trajes y no dejaba de mirar una foto tuya. Eras su jodida inspiración. Pero cuando has vivido en el infierno mucho tiempo el diablo no deja que te vayas. Mírale en ese ataúd, las uñas bien cuidadas, los dientes perfectos… se estaba transformando, como si algo le hubiera abierto los ojos y de repente su vida y los que estábamos en ella ya no sirviéramos.

— ¿Cómo murió?— preguntó Jorge tratando de cambiar de tema, la idea de su hermano en plena redención le daba un miedo inexplicable.

— Se mató con el coche, se despeñó por un acantilado cerca de la playa. No sé cómo lo han hecho, pero si miras a la caja parece que está durmiendo… Cuando me lo mostraron estaba desfigurado, aunque la cara es lo que menos daños sufrió. El cuerpo está destrozado. Tus padres han conseguido que todo esté listo para hoy, quieren acabar con esto cuanto antes. Había botellas de ron en el asiento de atrás, pero también había dejado la bebida. No entiendo nada— rompió a llorar y sus gemidos estresaban más y más a Jorge.

— Vete a casa y descansa, intenta no drogarte, mañana es el entierro. Cuando lo hayamos enterrado no quiero volver a verte nunca más en esta casa, no quiero volver a oír hablar de ti nunca más ¿Queda claro?

— Pero…— pareció que iba a enfadarse y a gritar pero las fuerzas le fallaron y acabó por pensar que Jorge tenía razón— De acuerdo, me iré.

La vio subirse a su coche destartalado y marcharse sin destreza por entre los pulidos coches de su familia.

La presión en el pecho que le produjo aquella conversación fue desapareciendo poco a poco y entró a ver cómo estaban los visitantes, su tía le hizo un gesto que indicaba que todo iba bien ¿Cómo iba a ir mal? A nadie le importaba el muerto, todo aquello era una ficción, un escenario teatral. No podía soportarlo más, o se iba él o se iban todos, así que decidió decir que le había surgido trabajo, que se ausentaría el tiempo más breve posible. Le supo mal dejar a su madre y a su padre solos, pero aquel clima de mentiras y lloros falsos era su obra, el resultado de años de indiferencia hacia alguien que, para bien o para mal, era su hijo. Habían acabado con sus nervios.

Estaba seguro de que Marta no asistiría al entierro al día siguiente, que se metería algo en la vena que le hiciera olvidarse de que tuvo un marido. De camino a casa, ya en el coche, pensó en repetidas ocasiones girar y volver, no estaba bien irse del velatorio de tu propio hermano y menos todavía cuando eras el único que aún lo quería. Aparcó a dos calles de su casa, confundido. Imaginaba a su familia comentando por lo bajo la inmensa alegría que sería no preocuparse más de aquel rufián, visualizó a su padre tranquilizando a su madre diciéndole que así era mejor, que sufrirían menos. Como si realmente hubieran cuidado de él, como si le hubieran dado algo de amor. Tomó fuerzas para seguir, la resaca estaba volviendo a sacudirle las sienes y era un martillo incansable que lo estaba desquiciando.

Cuando entró en su casa, la miró de otra manera, sentía complacencia por no haber sido como su hermano, por tener un trabajo digno y una vida ejemplar. Se sentó en el sillón y rezó por el alma de su hermano y para que se fuera esa resaca que lo estaba matando. Se durmió unos instantes ante la televisión apagada. A aquellas horas de la tarde aquella sala era un confortable lugar en que dormir, Morfeo tomaba cada esquina y la suavizaba a los ojos del cansado visitante, parecía que una música silenciosa le acariciara las mejillas.

Volvió de su ligero sueño y la resaca se había ido, su mente estaba clara. Intentaba estar triste, pero no podía, solo podía recordar la noche pasada, como si algo importante se escondiera en esos recuerdos ¡Había estado con su hermano! Ahora ya nada le enturbiaba la mente. Recordó que el día anterior a las tres del mediodía recibió una llamada en que Miguel le pedía quedar, que le prometía haberse reformado y necesitaba su tutela para explicárselo a la familia. Quedaron al atardecer en el mirador de la ciudad, un bello lugar para el reencuentro. Miguel llegó más tarde que él, parecía feliz de verle y se abrazaron fuertemente. Lucía un traje e iba bien peinado, limpio y pulcro. La última vez que lo había visto estaba sucio y tambaleante por el alcohol, era otra persona cuando bajó del coche, sus gestos, su forma de hablar, todo era más elegante, de no haberlo conocido le habría parecido alguien con quien hacer negocios, a quien contratar de asesor de imagen o representante. Le dijo que se había gastado lo poco que tenía en comprarse ese traje y en arreglarse la dentadura, que había dejado de drogarse y de beber, hasta de fumar; que había hecho varios cursos de empresariales y que, de encontrar trabajo, estudiaría una carrera de Marketing como la que había estudiado el propio Jorge.

— ¡Habrá que celebrarlo!— dijo Jorge, entusiasmado por la idea de volver a tener un hermano— Vayamos a algún bar.

— Prefiero que nos quedemos aquí— propuso Miguel—. Sería una pena malgastar estas vistas y tengo algo de ron en el coche.

— De acuerdo, me parece genial.

— Yo beberé limonada si me lo permites, no quisiera recaer en la fiesta de mi rehabilitación— ambos rieron como hacía años que no podían hacerlo.

— Me parece bien ¡Más para mí!

La sonrisa de Miguel era de una satisfacción absoluta, estaba brindando con su hermano, después de tanto tiempo. Lejos de los mimos que pudiera darle su nefasta mujer, aquello era lo más parecido al amor que había recibido en los últimos años. La resistencia de Jorge al alcohol había disminuido mucho desde su juventud, así que al segundo vaso de ron ya estaba borracho. A partir de ahí la historia se iba volviendo confusa, los recuerdos eran imágenes poco nítidas. Habían estado hablando durante horas, y Jorge no había dejado de beber. Le sobrevino una imagen de Miguel y él quitándose la ropa, como cuando eran pequeños en la masía de sus abuelos, cuando correteaban desnudos y competían a ver quién escalaba los arboles más rápido. Recodaba haber repetido esos juegos con Miguel la noche anterior, oía claramente la voz de su hermano proponiéndoselo y su propia voz, ebria, aceptando el reto. Una vez ambos estuvieron desnudos, Miguel se echó a reír con unas carcajadas sonoras, la escena no era para menos, dos hombres adultos desnudos a la luz de la luna, escalando árboles. Incluso al recordarlo Jorge sonrió en su butaca.

En aquellos momentos de la noche, el ron le había subido más de la cuenta y las imágenes se volvían más oscuras y dolorosas. Seguramente había una parte de él, fuera del recuerdo y la alegría, que tenía miedo de que esa fiesta fuera a terminar con la muerte de Miguel. Intentó no pensar en que quizás, entre alcohol y risas, matara a su hermano por accidente. Hizo un gran esfuerzo para seguir recordando, frunció el ceño y prosiguió con la procesión de diapositivas que el olvido le dejaba observar. La siguiente escena era Miguel buscando algo en el coche, supuso que más ron, pues la botella estaba vacía y Jorge seguía teniendo sed. Cuando salió del vehículo, Miguel llevaba algo en la mano, un objeto que no podía distinguir con claridad la memoria afectada de Jorge. Miguel le golpeó con ese objeto en la frente y Jorge cayó al suelo incapaz de levantarse o mostrar resistencia, el alcohol mitigaba el dolor, pero le había subido todavía más y su estado era penoso. Miguel lo vistió con una ropa que sacó del coche, unos tejanos raídos y una camiseta roja. Cogió a Jorge y lo sentó en el asiento del conductor y quitó el freno de mano, lanzó las botellas por la ventana para que quedaran en el asiento de atrás y fue hacia el maletero. La última imagen que recordaba Jorge, era el espejo retrovisor del coche, que le mostraba a Miguel vistiéndose con el traje que había traído puesto él mismo, sacando del bolsillo de la chaqueta la cartera, las llaves del BMW y de casa, para asegurarse de que estaban ahí. Cuando Miguel parecía satisfecho con su disfraz de Jorge, corrió hacia el coche y lo empujó hacia el acantilado, Jorge trató de abrir la puerta pero no pudo, el golpe y el ron lo habían dejado demasiado afectado. Sus últimos recuerdos fueron esas rocas acercándose y como una de ellas le traspasaba el pecho y lo mataba.

Al instante se vio contemplándolo todo desde arriba, orgulloso. En cuanto comprobó que el coche se había estrellado, se subió a su BMW y regresó a casa, sin pensar en lo que había ocurrido. Durmió y al día siguiente lo despertó el teléfono de su casa, informándole de que alguien había muerto. Miguel volvió de sus recuerdos, se miró en el reflejo de la televisión apagada y sonrió al ver lo bien que había salido todo…

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