Uno de los recuerdos más vívidos que guardo de mi infancia es el de trepar los olivos de la masía de mis padres. Entre todos ellos, hay uno por el que sentía un cariño más intenso. Tenía un tronco que agradecía la escalada, incluso para alguien como yo, que tengo un miedo superlativo a las alturas más mínimas. Era una escalera sencilla que daba a un cielo concreto y hermoso, ese azul cielo que solo existe cuando somos niños y las nubes se abrazan con las hojas con una natural, pero artística, armonía.

Si cierro los ojos aún puedo percibir su rugoso cuerpo bajo mis pies, siento que los zapatos se  acomodan a su duro y cilíndrico contorno, en mi mano noto el frío lametón de la madera, húmeda por el rocío de la mañana, y mis cabellos duelen por los ocasionales tirones de las hojas afiladas y las finas ramas que, a modo de despiadado peine, me estiraban y arrancaban los pelos que inoportunos intentaban disfrutar de las vistas de una masía que recién despertaba de las tinieblas nocturnas.

Aquel árbol me hablaba, a veces, y lo sabía todo de mí. Me regalaba su calma cuando, furioso por alguna regañina, acudía a él entre lágrimas y pensamientos oscuros. “Es curioso— decía— el rocío de los hombres… salado, caliente y triste. Pesa más que mis ramas y cala más hondo que mis raíces… me escuece en el verde, me lastima los frutos, marca en mi corteza sus cicatrices”.

Aprendí de él secretos hermosos, lo que pensaban los búhos, lo que miraban con sus abiertos ojos, supe de vientos que solo él podía contarme y atravesé los páramos desiertos del corazón de los árboles. “Somos hermanos— me dijo una tarde—, pues, como a ti, a mí me plantó tu padre. Por eso soy hombre también, como vosotros, aunque guarde en mi alma el clamor sosegado del árbol salvaje. Tú, hermano mío, también eres árbol en el fondo, tu pensamiento es un bosque, tu corazón de madera de roble bombea una salvia amarga que te recorre y llena tu voz de alegres frutos, de tierras húmedas, de alegres brotes.”

Cuando llovía, se convertía en una verde cristalera y sus olivas eran joyas, que reflejaban en sus brillantes cuerpos las sombras de los árboles que danzaban con el viento. El musgo crecía a sus pies, como una alfombra de naturaleza viva, de belleza húmeda, de suave contorno donde hacer que disfrutaran las yemas de los dedos. Yo le manchaba la piel de barro con mis zapatos y él, vengativo y cariñoso, se sacudía y me mojaba la cara y el cuerpo.

Jamás he tenido mascota, jamás he encajado del todo en ningún sitio, pero aquel árbol me dio todo el amor que pueda dar cualquier ser sensible y me sirvió de hogar cuando mi soledad lo requería.

Hoy he recogido sus ramas cortadas del suelo. Nuestro padre lo ha cortado, una motosierra le ha amputado los brazos largos, decorados de verdes hojas, hoy mustios y heridos. Lo ha dejado convertido en un tronco muerto… en madera que algún día irá al fuego. Hoy no me hablaba mientras arrastraba sus extremidades por la tierra seca, vacía de musgos, cargando con mi alma dolida que pesaba más que su cuerpo recortado, vacío de vida, sacando fuerzas de la rabia contenida de un niño, vacío ya de infancia, que patalea dentro de mí, viendo el cadáver de su hermano, de su amigo, que será humo mañana y convertido en humo se elevará hasta alcanzar los bosques del cielo.

“Veo— me decía a veces— a los pájaros comerse los frutos de aquel manzano y, cuando han satisfechos sus hambrientos picos, vuelan al cielo… al cielo, hermano mío, ese azul cielo cargado de nubes que en más de una ocasión te he visto contemplar embelesado entre mis ramajes. Envidio a los humanos y vuestras piernas, pero a los pájaros…  a los pájaros los envidio hasta el extremo más profundo de mis raíces ¡Quiero volar, hermano, amigo, quiero volar tan alto que se me acabe el cielo!”

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