Hubo una época en mi vida artística en que me dediqué a escribir cuentos sin pretensiones, por el simple gusto de escribir, por el placer de colocar al lector, y a mí mismo mientras los escribía, en lugares y situaciones emocionantes, distintas y que nos hicieran disfrutar sin más. Compartiré algunas de esas historias, pues forman parte de mi arte y me encanta releerlas. Espero que os gusten.


El sudor de los luchadores caía sobre la arena, que después de tantos combates era barro anaranjado por la sangre. El viento helado erizaba el torso desnudo de Yarjah, un esclavo del este, su cara angulosa y su sonrisa demostraban la confianza que suelen tener los hombres grandes en estos eventos. Al otro lado estaba Barhol, un mercenario conocido en aquellas tierras por cobrar en alcohol sus trabajos. El mercenario tenía un brillo húmedo en la mirada y las mejillas flacas, pegadas al hueso, eran rojas como dos enormes fresones, su boca desdentada se confundía con la oscuridad de la noche. 

— Parece que esto va a durar poco —dijo Loras, con su arrogancia característica—. Ese imbécil va como una cuba y mide medio metro menos que el oriental. Apuesto por el esclavo, setecientos Perones de Oro.
— Yarjah es demasiado guapo para ganar —le respondió Carter, deseando creerse su propia mentira—. Apuesto por Barhol.

Sonó la campana y el bullicio empezó a ladrar. Loras miró al gentío con una mueca de asco y resignación, si por él fuera aquella fiesta hubiera sido privada. Carter, por el contrario, disfrutaba de la pasión popular. 
Barhol se acercó a la valla que rodeaba la arena, le quitó a un espectador su cerveza y se la bebió de dos tragos, en los ojos rasgados de Yarjah se denotaba cada vez más confianza, más sobervia… “más perdición”, pensó Carter.

El esclavo empezó a andar hacia el mercenario con los carrillos marcados por la furia, su ebrio rival estaba despistado buscando otra cerveza que robar entre el público. Yarjah, con dos manos enormes, agarró a Barhol de su desdeñada cabellera y le dio un poderoso golpe en la nuca con su rodilla. El mercenario cayó mareado al suelo y empezó a vomitar todo el festín que había devorado antes del combate. Yarjah alzó sus brazos en señal de victoria. Hasta ese momento Carter no se había dado cuenta de lo grande que era, los nobles cómo él miraban el espectáculo de pie desde una grada que ascendía dos metros sobre la pista, y aquellas manos gigantescas estaban a la altura de sus adinerados pechos, se percató de que, de quererlo, el oriental podría haber cogido a cualquiera de ellos y bajarlo a la arena como quien sostiene a un gatito indefenso. 
Barhol se levantó torpemente, a punto de resbalar con su propio vómito. En los ojos oscuros de Loras brilló el triunfo. La mole del este cargó contra el mercenario de nuevo, esta vez dispuesto a acabar con aquella absurda pelea, pero cuando fue a agarrar a Barhol, éste se escabulló y en un gesto canino se lanzó a clavarle los dos dientes que le quedaban en la boca. La pierna del gigante empezó a sangrar vivamente mientras su rival le acababa por desgarrar la carne, cuando Yarjah logró zafarse de aquello, empujando a aquel perro borracho contra la valla, lanzó un bufido seguido de un aullido que retumbó por la sala e hizo enmudecer a los enloquecido espectadores. Loras tragó saliva y aquello era suficiente premio para Carter.

Barhol se levantó y ya no parecía borracho, escupió un filete de carne de esclavo sobre la arena y empezó a andar hacia la confundida montaña, que había perdido el control y estaba de rodillas en medio de la pista. Barhol lo miraba sonriente, parecía decir: “Ahora somos igual de altos, idiota engreído”. El primer puñetazo fue en el pómulo derecho, el segundo en el izquierdo y así hasta diez veces, el inamovible esclavo parecía ahora un niño pequeño buscando a su madre. Cuando Barhol se cansó de lastimarse las manos contra los gruesos huesos de la bestia, empezó a patearlo, y cuando aquella torre cayó rendida sobre el charco de su propio de sangre ya no era un hombre, era un trocito de carne inerte e insignificante. 
Barhol miró con indiferencia al público que lo aplaudía enloquecido. Carter observó como su amigo sacaba la bolsita repleta de oro de su bolsillo y se la colocaba en la mano. Setecientas monedas era un buen premio por la sangre de otro, pensó. Se vació la mitad del botín en la mano, silbó a Barhol y le lanzó la bolsa con el resto del oro.
— Hoy te invito yo —le dijo, orgulloso.
Las boca roja de sangre y oscura por la falta de dientes, le regaló una sonrisa repugnante, que al noble le supo a gloria.

 

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