El despertar

El día asomó por la ventana y Claudio se despertó agitado pero tranquilo, la noche había sido larga y demasiado corta. Los sueños se habían sucedido uno tras otro sin dejar descansar la atolondrada cabeza de un chico cuyas fantasías sobrepasaban las de Homero o Cervantes. Se sentó en la cama y los muelles relincharon como un caballo, se diría que a ellos también les pesó el sueño y, sobre todo, aguantar a un soñador de tal calibre. Sentado allí, observó el lugar con ojos miopes y claros, tenía aquella sensación de estar atareado sin estarlo; la certeza intuitiva de que era un día importante, pero la estupidez consciente de no recordar por qué.

Se frotó los ojos, expulsando las legañas de la media luna de sus ojeras, y se puso las gafas, que eran como un alfiler viejo con cristales rallados y mil balonazos en su memoria. Agarró un libro; que en este caso era el de Mujercitas (aunque en otros tiempos habían sido La isla del tesoro, Niebla o el Quijote). Se dirigió al baño y leyó tres capítulos de una tirada. Mientras evacuaba de su intestino lo que a su cuerpo le sobraba, en su cerebro introducía risas y obras de teatro de las fabulosas hijas de la señora March. Tenía por costumbre leer a deshoras, en ratos muertos, que eran la mayoría en largas jornadas sin oficio ni beneficio.

Cuando hubo acabado de leer, se levantó con paso renqueante de piernas dormidas y picantes, que le hacían reír y caminar torpemente. “Está claro que Dios quiere que nos movamos, por eso hizo que las piernas nos dolieran de esta forma al dejarlas quietas en el mismo sito mucho rato”, se dijo, con una de la mil voces que tenía en su cabeza. “Entonces, ¿A qué viene el cansancio del baile? Supongo que Dios también piensa en el descanso, la meditación y la tranquilidad del alma”, le respondió una segunda voz. “Aquí la cuestión es que hagas lo que hagas, hay que hacerlo brevemente y en equilibrio”, sentenció una tercera.

Se quitó el pijama y se metió en la ducha. Era un espacio de reflexión: la limpieza, el sonido armonioso de las gotas sobre la cerámica, el baile de tacones en su espalda, la suavidad del jabón. Todo le llevaba a un estado de ensimismamiento, que a veces era más relajante que la propia cama. En ese diminuto espacio, más de una vez había hilado poco a poco las ilusiones de la noche, desnudado de tinieblas sus fantasías oníricas. Este día, sin embargo, solo tenía una cosa en mente y era saber, de una vez por todas, qué era lo que tenía que hacer hoy.

Se secó, se vistió de nuevo con el mismo pijama, costumbre poco higiénica pero preferible a ensuciar ropa nueva para nada, y se preparó el desayuno. El armario de la cocina era una auténtica fiesta de cereales, los tenía de todos los tipos, con miel, con chocolate, dietéticos, redondos, aplastados, en forma de estrella. Acabó comiendo unos de chocolate bañados en leche, necesitaba energías, aun no sabía para qué, pero las necesitaba.

Al acabar los cereales se sentó en su habitación, recordó uno de los sueños de la noche anterior y pensó que en él podría estar la secreta tarea que había olvidado. En el sueño hablaba con un camarero sobre una canción de Ana Belén. Poco a poco el velo de la noche se fue desvaneciendo y le vino, como en un correo lejano, el título de la canción: No sé por qué te quiero. Recordó entonces el motivo de la agitación de aquella mañana: el amor.

El camino

El día anterior a este que les estoy relatando, Claudio Pocero José, de complexión enclenque, destino borroso, ojos de bohemio, ojeras de búho y pies de cansado bailarín, fue roto por el rechazo de su tan amada Claudia Remedios Urrutia, de complexión esbelta, porvenir prometedor, ojos de hojas salvajes, nariz de raíz de sauce y manos de rama. Ocurrido este percance tan inesperado por el confiado amante (que creía tenerla con una certeza de roca, que al poco fue tierra, que después fue polvo, que al rato aire y al cabo nada), el pobre Claudio, que de agonías sabía lo que un zapatero de zapatos, se decidió como otra veces en su juventud, pero ahora en serio y sin excusa posible, a suicidarse, a quitarse la vida más por agotamiento que por despecho.

Visto lo visto y habiéndose informado del tema por un trabajo que hubo de hacer en la universidad, por encargo de un profesor de historia al que gustaban más los saqueos y las masacres que a una mujer el chocolate, decidió, entre más de mil opciones estudiadas, la de tirarse por la ventana, por requerir del simple ritual de un salto al asfalto, pues se conocía y sabía bien que si quería ahorcarse, en preparar la silla y la cuerda ya habría desistido por ser más cansado fugarse de la vida que permanecer en ella.

Así de decidido se encontraba Claudio, que ahora miraba en silencio el libro que nunca iba a terminar de leer, pensó con cierta alegría que quizás el padre volvía de la guerra y las hijas de la señora March, y ella misma, eran felices para siempre. Mucho sabía él que no iba a ser así del todo; que por una cursilada de tal calibre ningún escritor gastaría ni una gota de tinta.

Pensó entonces en la guerra y en que si se tiraba por la ventana por una simple cosa como Claudia, qué haría si llegaba la guerra. “Mejor me tiro ya, que al final, bien sea la pereza o el sentido común me convencen de que siga con los pies sobre sólido”, se dijo. Guardó el libro y pensó en dejar carta para sus allegados, una dulce nota que explicara su decisión fatal, mas desistió en su idea porque está bien que uno quiera acabar con todo, pero no se debe amargar la existencia al prójimo con culpas o reproches. Además qué culpa tenía Claudia, al fin y al cabo, no era más extraño que ella no lo quisiese, de lo que lo era que él sí lo hiciera.

Se acercó al balcón y abrió la puerta, una brisa fría lo acarició y se dio cuenta de que iba a tirarse en pijama. Pensó en su madre, ella nunca le habría permitido hacer algo tan importante vestido de una forma tan informal. Volvió para adentro y se vistió con sus mejores galas: un traje blanco que a él le encantaba, pero que nunca se atrevió a ponerse por llamativo y he de añadir, como escritor del cuento, que no le faltaba razón. Sacó unos guantes, también blancos, de un cajón y se acercó al balcón con paso ridículo; pues el traje era hecho a medida hacía ya unos años y le apretaba en la zona de la ingle, y a cada paso que daba le pellizcaba lo que el lector ya se imagina.

Pensó que iba a dejar el traje perdido de sangre y vísceras, pero con un resuelto ademán consluyó que ya era hora de olvidar convencionalismos y tomar la acción final. En esto estaba cuando se percató de que había olvidado algo importante: cómo se iba a tirar. Porque, aunque se olviden las formalidades cuando uno muere, hay que mantener una dignidad familiar, no se puede uno tirar de cualquier manera, sin técnica alguna, como si de un simple acto rutinario de tratase. La desgracia para Claudio era que nunca aprendió a tirarse de cabeza, con lo bien que le habría venido ese conocimiento ahora. Lo más que sabía era el palillo y la bomba: Filigranas rudimentarias que consistían en estirarse como un palo la primera; y en abrazar las rodillas y caer como una pelota la segunda. Se decidió la segunda, pues se parecía más a la posición fetal y creía oportuno e irónico irse de la vida como había venido. Y en estas y otras divagaciones estaba cuando cayó en el sofá y pensando, pensando, se durmió.

La caída

Despertose entrada ya la tarde, con un hambre que de a poco parecía que iba a llevarlo con Dios antes de lo planeado. Decidió comer, y comer bien, hacer su última cena que en este caso era merienda, que aunque no tenga tanta repercusión como la cenas y sea, posiblemente, la menos importante de las cuatro comidas del día, a él le pareció un gran motivo de orgullo.

En casa no tenía apenas comida, así que se hizo lo que pudo, un sándwich de jamón dulce y unas olivas para acompañar. Cuando hubo acabado, bendijo la mesa en un rito que era más un sortilegio que una alabanza, pues nunca santificaba mesa, desconocía oración alguna y no sabía ni que debía haberlo hecho antes de comer y no después. Habiendo ofendido a Dios y con el estomago poco saciado, se dirigió Claudio, ahora ya de forma definitiva, al balcón, concentrado en no pensar en nada por aquello de no distraerse del asunto.

Cuando llegó a la baranda, se asomó a fin de comprobar que no pasara nadie por abajo al que lastimar clavándole alguno de sus huesos, que de tan enclenque que era parecían ser más que los que la mayoría de la gente tiene. Cogió distancia para saltar con más fuerza e inercia, recordó que había de saltar de bomba, como le había enseñado su padre en los veranos en la playa. Arrancó con decisión hacia la baranda. Quiso saltar con fuerza, con tan mala pata y tan poca capacidad atlética, que fue a resbalar con un bombón de chocolate que había caído ahí quién sabe cuándo. Se torció el tobillo con la gran desgracia de caer dentro del balcón y no fuera.

Allí se quedó un rato, confundido y sin saber muy bien qué hacer, sin entender qué quería la vida de él y porqué lo retenía con tanto empeño. Las voces de su cabeza hablaban a la vez, y el barullo lo aturdía todavía más. Agarró como pudo la barandilla con la mano y empezó a tirar de ella para levantarse. Cuando lo hubo conseguido volvió a mirar para abajo y decidió, ahora ya sin carrerilla, intentarlo una vez más. Arrastrándose por los barrotes a duras penas consiguió deslizarse y caer al otro lado. Mareado por la emoción y por las mil voces de su cabeza, que decidieron gritar al unísono y dejarle sordas las orejas por dentro, se olvidó, pobre de él, de tomar la postura fetal que tanta ilusión le hacía. Golpeó el suelo con fuerza y, para su sorpresa, descubrió que aquello de que mueres antes de tocar el suelo es un mito falso, pues hasta el tercer rebote mantuvo la conciencia despierta, hasta que el dolor lo abrazó de forma fatal.

La paz

Las vísceras de Claudio llenaron la calle de un cálido color rojo, los viandantes que lo vieron caer gritaron horrorizados y la policía no tardó en rodear el lugar con cintas blancas y azules. Toda la gente se paraba a preguntar qué había ocurrido. Se inició una investigación y se determinó que Claudio había tropezado en el balcón torciéndose el tobillo y que, intentando sujetarse a la barandilla para no caer, acabó por precipitarse al vacío, confirmaron su teoría al ver que no había nota de suicidio alguna y un enorme resbalón de chocolate descansaba en el suelo del balcón.

El caso de Claudio fue motivo de tristeza y al poco de burlas, por la muerte ridícula y sobre todo por el ordinario traje con el que se paseaba por casa estando solo y sin compromiso alguno.

Claudio, en cambio, estaba ya con su madre y su padre, era feliz y no sabía que su muerte iba a ser recordada de manera tan liviana. Pero el caso es que, estando en el cielo, observando la tierra desde lejos, una de sus voces de su cabeza se preguntó, “Y, desde aquí ¿Cómo sería la caída?”.

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