En días como hoy, uno se queda quieto, distraído, mirando cualquier cosa, un objeto, una luz. En días como hoy, uno no sabe si dividirse o multiplicarse, si agrietarse en un llanto sonoro o cubriste de hormigón los párpados. En días como hoy, toman sentido las palabras que nunca dije, las esperanzas que nunca perdí. En días como hoy, se me ocurre la manera de explicarte lo que ocurrió… y, en días como hoy, es bien sencillo…

Me pediste que te olvidara y me puse a ello, he olvidado muchas veces y sé cómo hacerlo. Es mover una pequeña piedra en tu cabeza, apretarla fuerte hasta convertirla en un polvo extraño, que se te mete en el lagrimal y te deja mil noches en vela. Tras ese suplicio llega el ansiado silencio.

Pero esta vez me sorprendí a mí mismo intentando mover una montaña, tu amor fue algo tan evidente y natural que echó raíces, que creó cimientos que llegaban a una profundidad que a día de hoy aún no comprendo.

A partir de aquí la cosa es evidente, intentando mover tu recuerdo acabé por moverme a mí mismo, como cuando empujas una pared y el que acaba retrocediendo a tu propia fuerza eres tú mismo.

He cambiado, soy otro.

Me he sentado en un saliente de tu recuerdo a odiar a un hombre que ya no existe.

 

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