Guillermo solía comer en el parque que quedaba cerca de su oficina. Lejos del placer gastronómico o del apetito ostentoso de un sibarita, él solo pretendía alimentarse. En lo que sí que exigía perfección era en el parque, no podía comer y descansar de la larga jornada si un papel o alguna basura dormitaban en el césped. Era necesidad imperiosa para él limpiar toda la zona que quedaba ante sus ojos, e incluso, si era otoño, barrer las hojas caídas hasta crear una graciosa montaña de colores naranjas y marrones. Cuando detectaba alguna irregularidad a solucionar o desperfectos en los bancos o los cubos de basura, enviaba, veloz, una carta al ayuntamiento, que se demoraba lo suyo, pero acababa arreglando cualquier problema. Aunque seguramente nadie se leía esas cartas, Guillermo pensaba que sus letras habían salvado al parque una vez más.

Los domingos podía dedicar el día entero a pasear por el césped y explorar lo que sus ojos no veían desde el banco donde comía. Pasaba horas arreglándolo todo. En media hora que tenía libre entresemana no podía permitirse cuidar más que una pequeña zona, pero el fin de semana, sobre todo el domingo, pasaba toda la jornada dedicado a recoger la basura y lustrar los bancos, a barrer las hojas y a podar los árboles a su gusto. En diversas ocasiones las autoridades le instaron a dejar todo aquello en mano de los trabajadores públicos, pero él se negaba y los policías acabaron rindiéndose a su terquedad. Los ojos le brillaban eufóricos ante la contemplación del parque bien cuidado. Conocía cada arruga de cada árbol, cada brizna de césped, cada bache en los caminos de tierra que serpenteaban por la piel verde de aquel lugar hermoso.

Guillermo estaba solo, su mujer murió en el parto del que iba a ser su primer hijo, llevándose a la criatura con ella. En una noche, Guillermo pasó de tener una hermosa esposa con quien había diseñado un futuro y un hijo a punto de nacer, a no tener nada. Tres meses después de una larga depresión en que perdió su trabajo y sus ganas de seguir vivo, encontró trabajo de nuevo, en una oficina oscura y tétrica, con un ordenador desfasado que a cada seis minutos amenazaba con apagarse, y que, mínimo una vez cada hora, cumplía su amenaza. Tras más de siete meses en que se comportó como un autómata, un lunes, de camino a la oficina, pasó por delante de una zona ajardinada. Se podía observar el césped alto, los árboles descuidados, los caminos de tierra deformados por el viento y las lluvias y una enorme cantidad de latas, plásticos y papeles tirados por los suelos. Aquel día cogió su comida y se fue a sentar en un banco de aquel lugar, cuando hubo acabado vio que en la basura que quedaba cerca no había bolsa y fue a comprar unas cuantas, las fue colocando una a una en cada cubo del parque, y así empezó todo. Una semana después había recogido gran parte de los deshechos que encontró por el suelo y alquiló un cortacésped para repasar cada pequeño rincón, otro día podó los árboles, envío diversas cartas al ayuntamiento y aplanó, a base de pala y mucho ahínco, los caminos. Cinco años después aquel era su parque y lo cuidaba como a un hijo.

En la oficina nadie le hablaba, lo tenían por un loco, por un extraño soñador empedernido con la cabeza en las nubes. Guillermo lo sabía, era consciente de locura y la disfrutaba, cuando los escuchaba murmurar se divertía, porque él sabía que aquel parque era mucho más que césped, tierra y árboles, aquella parcela era su hogar, su verdadera familia. Sin embargo, en la calle que rodeaba su particular jardín, era un hombre respetado, los ancianos de la zona lo llamaban “señor Guillermo”, los perros lo adoraban, seguramente por su olor a tierra mojada y a las manchas que ocupaban su ropa y los niños lo miraban con una curiosidad inocente. Por petición popular del barrio, el ayuntamiento le ofreció trabajo para ser el jardinero oficial de la zona, pero él se negó en rotundo, pues no quería recibir dinero por todo aquello, sentía que cobrar por cuidar de su familia era algo muy poco ético.

Guillermo era feliz así y jamás un hombre de cuarenta años había sido más dichoso. Pero aquel milagro tenía una oquedad, un vacío extraño que le llenaba de aire el pecho cuando miraba al cielo. En ocasiones, analizando su propia locura, Guillermo pensaba que el césped, los árboles y los caminos de tierra, alejaban su mirada de las nubes, que tanto le recordaban que allí, en ese azul y ancho cielo, vivían su esposa y su hijo, que le fueron injustamente arrebatados.

Los días pasaban y Guillermo iba ganando fama en la ciudad. Los vecinos volvieron a movilizarse para reunir firmas, en esta ocasión pedían hacer una estatua o algún monumento en el parque para aquel hombre. El Ayuntamiento hizo caso omiso a la petición a pesar de que los vecinos se habían ofrecido a pagar los gastos derivados de la construcción de la escultura.

Un viernes noche, de 1999, cuando Guillermo llegó a casa tras la larga jornada laboral, descubrió que su cartera, con toda su documentación y dinero, no estaba en el bolsillo de siempre. Buscó por su maleta de trabajo y sus demás bolsillos, pero no la encontró, así que concluyó que se le habría caído en el parque. Sabía dónde buscar, porque recordaba haberse agachado para arreglar una parte del césped que se había levantado, justo al lado de un hermoso roble. Decidió volver. Con algo de suerte, podría encontrarla todavía allí.

El sol había hecho mutis por el foro y la luna estaba enorme, Guillermo lo deducía por el impacto de la luz nocturna sobre el roble, pues, como he dicho, jamás miraba al cielo. A pesar de la iluminación lunar, le costó veinte minutos encontrar cartera y, en su locura, arregló cinco socavones más que no había percibido durante el día. Con el dinero y la documentación en las manos y los ojos fascinados por la contemplación del roble, no se percató de la presencia de aquellos chicos. Siquiera cuando ya estaban muy cerca de él, a escasos metros de su objetivo.

—Oiga, señor— dijo el más alto, su faz medio iluminada por la luna dibujaba una sonrisa burlona—, esa cartera es mía.

—¿Disculpe? Esta cartera es mía, se me cayó este medio día— Guillermo estaba confundido, no sabía leer entre líneas, su mente, acostumbrada a tratar con árboles, no estaba preparada para las ironías esquivas del lenguaje del atracador común.

—Este tío es un cachondo— dijo de nuevo aquel espigado chico, debía tener unos dieciséis años y aun así parecía el mayor—. Espero que solo esté de broma, amigo, y nos dé la cartera sin rechistar.

—Entiendo… ¿Es un robo?— la inocencia en la voz de Guillermo al pronunciar aquellas tímidas palabras divirtió mucho a los ladrones.

—Exacto— dijo otro, más bajito y más obeso, ni siquiera la escasa luz de la noche era capaz de disimular su cara de alcornoque— ¿Es usted tonto?

—No, disculpen, me han cogido en una hora extraña, tomen la cartera— a Guillermo aquella tranquilidad le era misteriosa, como si estar en su hogar le diera una calma muy superior a la situación en que se encontraba.

—Gracias, hombre— dijo el alto, estaba claro que le había incomodado la frialdad de la víctima y quería terminar con el robo cuanto antes.

—Vaya personaje— dijo el más pequeño, aparentaba doce, pero podía tener hasta menos. Acto seguido lanzó el cigarro que estaba fumando al aire.

—Recójalo, por favor, hay basuras en el camino— Guillermo estaba enajenado, aquellas palabras le salieron como una arcada, como si su adicción a defender el parque fuera superior a sus propias fuerzas.

El chico, claramente inferior al resto y con una gran necesidad de destacar, se dio vuelta y le pegó una fuerte patada en las costillas a Guillermo, que cayó al suelo, incapaz de respirar. Cuando levantó la vista, aún adolorido, vio que algo rodeaba al grupo de jóvenes delincuentes, un aura oscura parecía haber tomado posesión del área en que se encontraban. Algo negro fue abrazando a los cinco atracadores, la oscuridad los fulminaba uno a uno y les arrancaba la vida. Segundos después, los cadáveres sin aliento de aquellos menores permanecían a escasos metros de Guillermo, que se revolcaba por el suelo presa del dolor y del miedo. La sombra se acercó a él y le ofreció lo que aparentaba ser una mano, Guillermo, invadido por una tranquilidad repentina, extendió su brazo hasta el de aquel ser y se perdió en su noche.

Al día siguiente, Pablo Gómez, nacido en aquellos barrios hacía ya más de ochenta primaveras, vio interrumpido su paseo matinal por la presencia, a los pies de un roble, de cinco jóvenes difuntos. Se halló la cartera de Guillermo entre las manos del mayor, de apenas dieciséis años. La noticia llenó los diarios de todo el mundo, se hizo eco en revistas, programas de televisión y radio. Era el mayor misterio del siglo, cinco chicos menores, en perfecto estado de salud, había sufrido un ataque cardíaco a la vez, en una sola noche, todos juntos. A aquel acontecimiento se sumaba la desaparición misteriosa de un hombre, que, según los vecinos de la zona, no podría haberse fugado y abandonado su parque. En cuanto a la relación de Guillermo con las muertes, cualquier teoría sobre asesinato fue descartada, pues era inviable que un oficinista pudiera haber inducido al infarto a cinco chicos.

Meses después, al no encontrar a Guillermo por ninguna parte, decidieron construir aquel monumento que tanto merecía por su labor en el parque. Para el ayuntamiento, que el mayor misterio ocurrido a nivel mundial en aquel año fuera en su ciudad era un orgullo y la estatua una exaltación del mismo. El parque fue cuidado y mimado, aunque los operarios se encontraban con que los árboles, en muchas ocasiones, amanecían podados, los caminos aplanados y el césped jamás precisó de arreglo alguno. Alguien hacía el trabajo, era algo que todos los que trabajaban de allí sabían, pero que nadie se atrevió a confesar jamás.

Anuncios