A mis sobrinos: Victoria, Arnau, Oriol y Alina.

La luna, virtuosamente fría, colmaba el cielo de esperanza, en cualquier momento un señor regordete la cruzaría en su trineo llevado por renos, lo había visto en películas, dibujos y series. No se lo creía, hacía mucho que no se lo creía, pero miraba esperanzado las estrellas crepitar a través de la ventana casi helada. La casa no se decoraba para aquellas fechas, apenas un mísero belén en una esquina del comedor daba constancia de la época que era. A pesar de todo, hoy se llenaría de Navidad: su familia vendría a verle.

Agustín tenía veinticuatro años y vivía solo, su casa había sido la escogida aquel año para la cena de Nochebuena. Serían las primeras Navidades en su nuevo hogar y las primeras en que no probaría ni gota de alcohol. Llevaba un año y medio sobrio, había conseguido vencer su adicción con mucho esfuerzo y, mirando a la luna, pensaba si esta visita iba a ser un regalo de algún espíritu navideño.

No se merecía tener familia, los había tratado mal, muy mal, como cuando una herida insiste en abrirse todo el tiempo. En la asociación hablaban de que había que perdonarse y esta cena era un modo de hacerlo. Todo estaba listo, solo faltaban las miradas cómplices, los abrazos y el amor. En los últimos meses le habían cedido más confianza, incluso habían permitido que se quedara con los niños a solas. Era un paso de gigante para un hombre que había sido enano toda la vida.

A las siete y media sonó el timbre. Solo abrir la puerta, los pequeños regalos llegaron alocados a abrazarse a sus rodillas, hasta el más pequeño le besaba los muslos, incapaz de llegar a sus mejillas. Tres niños, los hijos de su hermano mayor, inundaron el lugar como invasores vikingos en tierras extranjeras. Sus gritos, su júbilo ante la llegada, esa misma noche, de Papá Noel, eran ensordecedores. El antiguo Agustín, enterrado bajo toneladas de constancia y superación personal, dijo que le resultaban irritantes aquellos ruidos navideños, pero al Agustín de ahora le parecían la mejor música que haya existido jamás. Su hermano y su cuñada venían detrás, con un par de bolsas y el carrito del más pequeño, que en cualquier momento caería rendido al sueño.

Media hora más tarde llegaron sus otros dos hermanos, con sus mujeres e hijos respectivos, una niña ya crecida y un niño pequeño y travieso, que solo podía compararse a demonio de Tasmania (con mucho de demonio y poco de Tasmania). Se unieron al resto de la infancia como un rio viene a dar al mar.

Sus hermanos eran fríos y distantes, habían pasado demasiadas cosas en el pasado y era difícil de sobrellevar todo en un día en que apetece más alegría que pensamientos negativos. Agustín, el antiguo, también tenía cosas que recriminarles, pero el nuevo sabía que no es fácil ser hermano de un alcohólico.

Las tres parejas hablaban de todo mientras Agustín miraba, enamorado, a sus sobrinos. El más pequeño le traía regalos, frutas de plástico que él simulaba comerse. Intentó en repetidas ocasiones entrar en la conversación con los adultos pero era incapaz, los niños eran más cómodos, no sabían lo que había pasado en el pasado y, para ellos, su nuevo tío era un regalo, un inesperado y joven familiar que siempre les sonreía embobado y les daba todo lo que pedían.

Al fin, llegó la cena en que las cuñadas de Agustín le hablaron mucho, quizás demasiado, tal vez demasiadas preguntas. El recuperado tío las fue esquivando una a una como un buen esgrimista con espada nueva. Fue difícil mantener a los niños sentados, siempre lo era, pero ese día, con la expectativa de los regalos que iban a llegar aquella noche, estaban aún más excitados. Agustín fue felicitado por la comida y pensó en lo que representaba para él aquella felicitación. En la asociación le habían recomendado que, sobre todo los primeros meses, dedicara sus esfuerzos a algún hobby que sacara su vena artística, que dibujara o escribiera algún diario. Agustín se dedicó a cocinar, a aprender el oficio que su madre dominó con tanta maestría en las cocinas de su restaurante. Agustín miró de nuevo a sus sobrinos, imaginó a sus abuelos jugando con ellos, el Agustín antiguo se sentía culpable por su muerte, siempre pensó que su adicción había acabado con sus padres. Fue lo que le motivó a dejarlo, a ponerse en contacto con la asociación.

Las horas fueron pasando y al no haber alcohol en la mesa, el sueño afectó a padres y madres que decidieron recoger a sus nenes e irse. Mientras recogían los juguetes y demás, Agustín ayudaba a los niños a ponerse las chaquetas y despedía a sus padres. Llegado el momento de la despedida, los nenes le llenaron de besos y abrazos, todos menos el más pequeño, que pugnaba por subirse la cremallera de una robusta chaqueta de invierno, que le doblaba el tamaño. Al fin, todos marcharon y sus hermanos le dieron fuertes abrazos y besos, estaban orgullosos de él y el rencor de los últimos años se iba esfumado.

Quedó solo y recogió la mesa, estaba con las pilas cargadas y a pesar de ser cerca de la una de la madrugada no tenía sueño, puso un programa navideño de fondo y se dispuso a fregar los platos. Miró de nuevo por la amplia ventana que quedaba justo arriba del fregadero, irradiaba un frio terrible. La luna estaba enorme, fuera hacía viento y apenas había nubes, las vistas eran magníficas. Se quedó fascinado hasta que una estrella fugaz cruzó el cielo y, a pesar de la imposibilidad de que esto suceda, Agustín habría jurado que cruzo entre la luna y la tierra, dejando una estela iluminada que partía el astro en dos. El chico sintió algo de miedo que fue convirtiéndose en una tranquilidad profunda, como dicen que les ocurre a los que presencian un milagro.

Lo sacó de su ensoñación un timbrazo, cuando hubo bajado de las estrellas, dedujo que se habrían dejado algo, miró por el comedor y no vio ninguna chaqueta o juguete extraviado. Se dirigió a la puerta y abrió. Miró y no vio a nadie, una incomodidad golpeó su corazón, pero entonces… Sintió que unas manos pequeñas y temblorosas se abrazaban a sus piernas, el más pequeño de sus sobrinos estaba allí, abrazándole, con aquella chaqueta que le doblaba el tamaño. Agustín se agachó y lo abrazó en condiciones. Al poco llegó su padre riendo y explicándole al sorprendido Agustín que, llegados al coche, puestos incluso los cinturones, el niño se empecinó en que no se había despedido de su tío y que quería hacerlo, así que así lo hicieron.

Los adultos lloraron ante la escena de redención, y el niño, incapaz de entender el regalo que hacía a su tío, apretó sus pequeños brazos todavía más fuerte contra el torso de su familiar resucitado.

Felices fiestas y, no lo olviden, los regalos de verdad no van envueltos, los regalos de verdad respiran, hablan, aman y sueñan. Disfruten de la Navidad y de las personas que la pueblan.

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