Pétrea era la mirada de Rodolfo, fue tallada en una roca virgen por los golpes macizos que le daba su padre y los pocos besos que le daban los labios, heridos de violencia, de su madre. Los chicos de su colegio lo despreciaban, se reían de él y lo llamaban “maricón”, porque estaba serio siempre, porque no miraba a las chicas, porque no hablaba, porque su mirada rasgaba el paisaje con su odio. Los chicos le tenían miedo, por eso lo intentaban lapidar con piedras, intentaban sacarlo de su ensoñación perpetua. Rodolfo odiaba la vida y consideraba conveniente que la vida le odiara, eso lo hacía todo más fácil.

Nunca sacó buenas notas, pues en casa no estudiaba, en su casa solo temblaba, temblaba en una esquina en que su diminuto cuerpo había creado una humedad extraña a  base de sudar sobre la pared pintada de púrpura. En aquel molde anguloso pasaba Rodolfo las horas, temblando de pavor, esperando oír la puerta de su casa abrirse, para que su padre entrara a golpear a su madre y así ésta dejara de llorar. Aunque sabía que el siguiente era él, Rodolfo halló cierto placer en que su madre cayera inconsciente, pues era la única forma de que cesaran sus gemidos y llantos.

En el hospital los miraban con pena, con una compasión que al chico le dolía aún más que los golpes. Le hubiera gustado poder golpear a su padre, a los chicos del colegio y a los médicos que no dejaban de preguntarle qué le había pasado, cómo se había roto tres costillas. Cuando era pequeño su madre le hizo prometer que no se lo diría a nadie y así lo hizo, por eso no hablaba, por eso no decía más que lo necesario.

No quedaba candor en su mirada, los ojos se le habían tornado grises, oscuros. Le habría gustado ser como los otros chicos, tener amigos y poder pegar a otros, pero él era bueno, sabía que en el fondo de su corazón, cubierto de piedras ardientes y afiladas, se escondía un chico bueno. De poder hacerlo se hubiera ido bien lejos, hubiera estudiado y se hubiera dedicado a ayudar a las madres como la suya. Seguro que había alguna forma de ayudar a las madres a tener coraje, aunque solo fuera para defender a sus hijos.

Rodolfo sabía que todo acabaría algún día, que sería mayor de edad y que podría escapar de aquello. Pero lo que no sabía Rodolfo es que a los diecisiete años iría por la calle, viniendo de la compra que su madre no podía hacer por estar postrada en cama de la última paliza, y en un callejón, oscuro como una cueva, escucharía gritos de dolor de una mujer, al asomarse vería un individuo clavando puntadas de pie a una chica que, desde el suelo, gritaba pidiendo ayuda. Lo que no sabía aquel niño, es que a los diecisiete años iría a juicio y sería condenado por haber asesinado a un hombre en plena calle, que al ser investigado por la policía, descubrirían que su padre los maltrataba a él y a su madre. Que su padre sería también juzgado y que pasaría los últimos momentos de su vida entre barrotes.  Ocho presos, habiendo oído lo que le había hecho a su hijo pequeño durante tantos años, lo cogieron por banda y se las hicieron pagar todas juntas. Lo que no se podía imaginar aquel chico, que creía que su escapatoria llegaría con la mayoría de edad, es que los dieciocho años los celebraría en una habitación del manicomio de su ciudad, sentado en una esquina, temblando, esperando escuchar la puerta de su casa abrirse, oyendo los sollozos de locos, que él confundía, enajenado, con los de su madre. Lo que jamás supo fue que su madre se suicidó, incapaz de soportar el daño que su cobardía había causado.

Rodolfo pasó el resto de su vida, larga y miserable, en aquel sanatorio. Décadas después de su muerte aún puede percibirse, si uno pasa las yemas de los dedos por cierta esquina de su habitación, la muesca que creó su espalda sudorosa tras el temblor de tantos años.

 

 

 

Imagen extraída del post: https://makeshiftmama.wordpress.com/2008/08/18/joining-the-party/

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