“Quédate con lo bueno de la vida”

Botella de agua Bezoya

 

Estaba perdido en mis pensamientos más negativos, cuando he torcido levemente la cabeza hacia un lado, seguramente escapando de la pantalla del ordenador que, armada con un Word en blanco, me exige las quinientas palabras mínimas que debo escribir al día. Allí, entre yo y mi ventana, que da al jardín comunitario donde unas palmeras bailan chachachá o vals según el ritmo que les aporte el viento, estaba la botella de agua que suelo tener al lado mientras escribo (en parte porque es sano beber mientras estás en un proceso creativo y, en parte, porque beber agua es una forma de dejar de mirar esta dichosa página en blanco). He posado mi mirada sobre ella y he leído la inesperada frase que me intentaba convencer de que sonriera: “Quédate con lo bueno de la vida”. Estoy acostumbrado a que se rían de mí mis amigos, como yo lo hago de ellos, e incluso, en más de una ocasión, algún desconocido o enemigo, pero jamás lo había hecho una botella. Con mis amigos, y usando el único superpoder del que dispongo (que es la palabra), me es sencillo imaginar una contestación, una respuesta rápida y precisa que devuelva la pelota a su tejado y vuelque las risas sobre él. Siempre he sido un gran jugador de tenis en esto de la ironía. Pero a una botella no puedes ofenderla con un ripio o una ocurrencia, no puedes devolverle el chance con un gracioso revés de la raqueta intelectual. Además, he de reconocer su maestría, con paciencia, ese lema ha estado esperando en mi nevera hasta este momento para darme en los morros. Una buena broma requiere de un tempo muy preciso y ella ha sabido respetarlo: Touché, amiga mía, me has vencido. Quizás lo más sorprendente es la voz extraña que ha surgido desde lo más profundo de mis entrañas de lector empedernido, voz que lleva siguiéndome desde que ella cerró la puerta que unía nuestro amor, era la tenebrosa voz del cuervo de Lovecraft rematando el chascarrillo del que he sido víctima con una frase imperecedera: “nunca más”. Así me golpea mi mente, a pesar de regalarle lecturas tan sublimes, me maltrata, me odia por haberla perdido.

Supongo que el desamor es lo que tiene, cuando llega, y aún más cuando te lo imponen, te deja a merced de las musas más extrañas, hoy ha sido una botella, un lema publicitario que alguien hizo pensando en mí ¿Quién sabe qué será mañana? Tal vez un microondas, una pegatina de esas que el cerrajero pega en las farolas o una rallada en un DVD… Estoy abierto a sorpresas, débil a las burlas de todos, incluso los más inmóviles elementos.

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