Pesarán los años de tormenta.

Los niños despertarán,

se harán viejos… viejos.

Las armas cumplirán su macabro trabajo,

cantarán sus balas entre los semáforos.

Dios se tapará el triangulo

y rezará hasta agrietársele los labios,

dudará para siempre de su propia existencia.

La gente se comerá hasta el hambre

del hambre que tendrán,

los que buscan la libertad y los poetas

llorarán sobre los caballos negros del exilio,

dejando atrás una patria

que jamás habían amado tanto

como cuando le digan adiós

y ya no sea suya.

Los que queden en esta oscura tierra

se morirán, pero no de un arma afilada,

sino del asco más puro,

el asco del que vive sin vivir,

del que teme morir con muerte indigna.

Los que hagan la paz morirán,

los que hagan la guerra morirán

y los que hagan, sencillamente, nada,

sobrevivirán más muertos que nadie.

El aire será rojo, y mis ojos, amor,

sangrarán lo insangrable buscándote

entre los cadáveres que invadan nuestro jardín.

Los cobardes lucirán su cobardía

alzando las manos por una patria que no existe.

Los nuevos diarios dirán

que, al fin, nosotros ganamos la guerra.

¡Gran mentira!

Esta guerra la perdimos todos,

porque tú ya no serás tú

y yo no estaré ahí

para regresarte.

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