Mario tenía una esperanza, la cuidaba a todas horas. Le curaba las heridas que la realidad dibujaba sobre su piel antes inmaculada y hoy llena de vendas y moratones. Pensaba que a veces la mimaba demasiado, que sería mejor que se cuidara sola, que fluyera, que aprendiera del mundo, como proponían los padres más liberales. Pero él no soportaba oírla llorar, quejarse, digamos que, cuando la esperanza sufría, Mario se desesperaba. Llegó a enamorarse de sus ojos ardientes pese al frío, de su sonrisa pese al dolor. Mario siempre había mirado al pasado, andaba hacia atrás como dicen que hacen los cangrejos. Los que le miraban de frente veían su espalda alejarse, ninguna mujer pudo enamorarse de él, pues es muy difícil amar a una nuca. Un día, enfrente de él, se encontró a una chica atractiva que le llenó los labios de risas, se cruzaron, pues iban en direcciones distintas, ella andaba mirando siempre al futuro, adicta a las promesas que este sugería, Mario no pudo hacer más que seguirla y así quedó, con su esperanza como guía, mirando al futuro toda su vida.

En ocasiones, hallaban piedras grandes que cerraban el camino que la esperanza pretendía. Las rompía a cabezazos. Una vez rotas y seguido el camino, Mario le curaba la nariz sangrante. Intentó hablarle de la escalada, convencerla para que esquivara aquellos muros, que mutara su ruta, pero la esperanza era sorda o le ignoraba, seguía hacia delante con la mirada fija en un sueño que Mario no sabía distinguir en el horizonte. El pasado era claro, conocido, la memoria hacía sus estragos, pero, por lo general, uno veía claramente cada parcela de sus largas tierras. El futuro era una niebla espesa la mayor parte del tiempo, no dejaba ver más que a centímetros de uno, diría que hasta donde alcanza la nariz, pero hay narices que sobrepasan ese límite, la de Mario era una de ellas. La esperanza desprendía una fugaz e intermitente iluminación, que era muy útil para su enamorado perseguidor.

Hubieron sustos en la camino, horribles pesadillas que asaltaban al pobre Mario, que corría a esconderse en los brazos de su esperanza. Los demonios del camino le decían que dejara escapar a su esperanza, que no se la merecía, que era un hombre, un pobre hombre destinado a la nada. Pero la serena luz que su esperanza emitía, que aparecía justo cuando Mario decidía protegerla del ataque de los malignos seres, los eliminaba, los quemaba, los tornaba cenizas absurdas, que quedaban sobre la rugosa tierra que desaparecía tras ellos.

Un día, los demonios atacaron con más fuerzas, con pruebas, con estadísticas exactas de mil fracasos y pocas victorias, atacaron con las lanzas al desconsolado Mario. No daba crédito, siempre atacaban a la esperanza, la intentaban herir, a veces hasta lo conseguían, pero esta vez fueron  a por él, que quedó hecho un ovillo en el suelo, mientras le propinaban patadas y lanzadas. Al fin, la esperanza, por primera vez desde que Mario empezó a seguirla, se giró y se iluminó con tanta fuerza que desparecieron los millares de demonios que atacaban a su enamorado. Acto seguido cayó al suelo, presa de una asfixiante muerte. Mario apoyó su delicada cabellera, que aún chispeaba débiles luces, sobre sus rodillas y lloró. “No puedo perderte, ere lo único que me queda, dónde iré sin ti”, dijo entre sollozos. Entonces, la luz casi apagada de sus cabellos rubios empezó a emitir pulsaciones, una iluminación creciente invadió el cuerpo sin vida de la esperanza. Esa luz fue traspasándose del cadáver a Mario, llenándolo de fuerzas, tornando sus heridas en cicatrices y sus cicatrices en piel sana. Mario, sintió como el cuerpo que descansaba en sus rodillas perdía peso y desaparecía. Segundos más tarde, el chico se levantó, proyectó una potente luz hacia delante y, convencido, anduvo por siempre hacia el futuro, que ahora era claro, como un cielo sin nubes.

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