Nada nos abrasa como una mirada. La mirada del odio, la mirada del amor, la mirada de la pregunta. Sé que mis ojos pueden incendiar el mundo. Sé que otros ojos pueden incendiarme. Sólo otros ojos. Unos ojos de mujer.

Francisco Umbral, de su libro Mortal y rosa

Había visto a muchas mujeres, las había admirado desde la lejanía u odiado a centímetros. Había reñido y llorado con ellas, adulaba sus cualidades, a veces hasta las despreciaba. Así eran aquellos seres para él, siempre enigma, siempre laberinto. Él era un hombre, un pobre hombre que hacía de albañil o de bombero o de obispo, qué importaba, lo que interesaba en esta historia es cómo veía a las mujeres, cómo las consideraba un precipicio, una cueva sin luz en la noche. Nuestro protagonista no es una persona, sino el miedo que baila en sus entrañas cuando trata con una chica, cuando habla o sueña con ella, cuando imagina besarla o escribirle una nota confesándole que la ama.

Todo laberinto que se precie esconde en su interior un minotauro o a un Jack Nicholson con una buena hacha y la locura bien entrenada. Las mujeres son igual y nuestro protagonista, el miedo, es muy consciente de ello, pero si todo laberinto esconde una bestia, todo miedo esconde una curiosidad, una adicción, una inevitable atracción por la caída, por la muerte, por el grito. Esta historia versa sobre el miedo superlativo de un hombre absurdo, de cómo se deja conquistar por ese pavor al milagro de unos labios ardientes, de unas manos que descosen la piel hasta llegar a acariciar el alma, de unos ojos que miran de verdad, como habría que mirar siempre todas las cosas, dejándonos rasgar las pupilas por cada imagen. Alza puertas de terror para protegerse de toda herida, se escuda tras huidas, tras escondites que le delatan como cobarde absoluto. Los versos que se escriban sobre él deberán contener temblores, terremotos de nerviosismo, saladas páginas llenas de sudor, de lágrimas, de agua del mar por dónde se dará a la fuga de cualquier posibilidad de amar o ser amado.

Sin más, la historia que les quería narrar hoy.

El amor de un cobarde

La vio, era hermosa, su pelo ondeaba alegre y se confundía con los árboles, que, ufanos, mostraban sus marrones de otoño en una danza antigua de viento y frío. El chico sintió, en su bufanda gruesa y prieta, que la respiración se le aceleraba, que los suspiros que emanaban de sus labios eran cada vez más calientes. Una taquicardia extraña, una incomodidad agradable invadió su estómago y le estranguló los pulmones. Los ojos de aquel ser divino se voltearon hacia él e hicieron tropezar sus pensamientos, de repente el mar estaba seco y las montaña se derretían. Ella cruzó hacia una dirección que era, casualmente, la que él debía tomar aquella mañana para llegar al banco a sacar dinero.

Aquel día, aquel hombre, aquel cobarde que había concedido la corona de su reino al miedo, tomó la decisión que toda historia desmerece, que toda hazaña nunca elige: Cambió de rumbo. Volvió a su casa y se encerró en sus miserias, a vivir entre paredes llenas de sueños, a llenarse la mente de pesadillas, a besar sus cerrojos, a acostarse con su soledad eterna, a convertirse en piedra, ajena al dolor, a los golpes de afuera, al amor y a la vida.

FIN

 

Imagen extraida de: https://www.flickr.com/photos/59125128@N00/

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