La pared de mi cuarto se ha quebrado, dejando, justo al lado de mi cama, una abertura de yeso y ladrillo que me invita a adentrarme, a golpear con martillos y excavadoras la herida que algún terremoto, oculto pero eficaz, ha generado en esta habitación que creía mía. Todo lo que tenemos nos “despertenece”, pues una simple sacudida puede partir en dos los edificios, las vigas, los sueños. Somos plumas que sobrevuelan la vida, liberadas por fin del pájaro alopécico, creyéndose libres, haciendo alegatos, discursos y conferencias sobre la libertad. Pero el viento del instinto es el que nos mece, de un lado al otro, mordiendo mil veces la manzana prohibida. El de Eva fue el pecado original, pero nosotros nos empeñamos en fotocopiarlo una y otra vez. Se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, yo os aseguro que las piedras nos temen, hablan de nosotros como nosotros hablamos de los huracanes y los demonios.

Al otro lado de la brecha de mi pared hay gente, los vecinos que nunca saludo. Tienen una vida normal, como la mía, bastante aburrida para los ojos ajenos. Su hija lloraba más flojo cuando nos separaba la pared, ahora me grita sin distorsionadores, sin que mis orejas tengan la protección de un muro. No entiende qué hago ahí, en un enorme agujero que, según me cuentan sus padres, ha aparecido justo en medio de un Mickey Mouse que tienen dibujado en su cuarto. Ahora soy una especie de villano para ella, desde la cuna me señala y llora.

He pensado en cambiarme de habitación, en huir al otro lado del pasillo. Es una habitación casi vacía, tendría que renunciar a mi escritorio, pero me mantendría lejos de berridos de bebés que me odian. Las paredes parecen sólidas. Podría ser mi habitación hasta que la mía vuelva a serlo.

Me duermo cada noche con las nanas que le cantan a mi pequeña compañera de circunstancias. Tengo pesadillas en que cruza la grieta y me clava su biberón en el pecho, como venganza en nombre de Disney y de todas las infancias que he destruido con mi involuntario ataque al ratón más influyente del mundo. El otro día le leí uno de mis cuentos, tratando de crear un vínculo que derrita la furia que siente por mí. Jamás he oído llorar con mayor vehemencia a un bebé, creo que gracias a la vibración aguda de su llanto abrió el yeso unos cuanto centímetros más. Espero que si un día me presento a algún premio relevante el jurado no cuente entre sus filas con ningún menor de dos años. Intento hacerla reír con chistes y monólogos que he aprendido en programas de televisión y espectáculos humorísticos. No se ríe con nada de lo que hago. Está claro que es porque me tiene tirria, pues su padre hace un pésimo número en que se esconde tras sus propias manos y hace ver que ha desaparecido, y la niña rompe en carcajadas sonoras, que ensanchan el pecho de su padre y encojen mi autoestima.

Espero que arreglen pronto la abertura y pueda volver a vivir a solas con mi ordenador y mis publicaciones, el mundo de afuera cuando se mete adentro es invasivo, desproporcionado y terrorífico. Alguien debería legislar qué derechos tiene uno cuando surge una grieta en la habitación. Una ley que deje claro qué parte de la grieta pertenece a cada vecino y, sobre todo, dónde quedan los límites de la convivencia en estos casos.

Imagen de mi serie preferida: Doctor Who.

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