Jorge, expuesto a mil preguntas sobre su nueva condición, decidió escapar con su amor bien lejos de los dedos señaladores. Es curioso cómo se disponen las situaciones humanas. Vivió desde siempre en un pueblo pequeño, su pueblo natal, obstinado en caer bien, en trabajar con todos, en cuidar sus metros de parcela y en ayudar a los vecinos en la cosecha. Sus padres estaban orgullosos de él, hasta que, hace unos meses, confesó su nueva sexualidad, su renovada orientación parece que, a parte de virar su veleta hacia un amor distinto, también ha provocado un rechazo absoluto por parte de vecinos y hasta de su propia familia.

Jorge quiere demasiado a su nueva pareja para renunciar a ella y se despidió de casa con una frase lapidaria: “Me voy con quien no me hace elegir entre su amor y el de otros”. Sus padres, iracundos por el repentino cambio de su hijo, que para ellos es poco menos que una enfermedad psiquiátrica, decidieron regalarle un profundo silencio y un gesto de reprobación de sus barbudos mentones. Sus vecinos, Fermín y Mario, desde el porche de su hermosa casa de madera blanca barnizada, le propinaron una mirada de tal desaprobación que,  según pensó Jorge, le llegó a deshinchar las ruedas a su flamante cuatro por cuatro. Condujo por las calles del que antes era su querido pueblo y sintió como todos lo observaban, afincados en sus ventanas o a través de los escaparates de las tiendas. Aquello parecía una procesión de Semana Santa y él era el cristo con corona de espinas y cargando la cruz a hombros.

Su nuevo amor también estaba haciendo las maletas y despidiéndose de su familia, que habían afrontado la situación con una actitud totalmente opuesta a los padres de Jorge. Lloraban desconsoladas y abrazaban a su hija, que se marchaba de casa para no volver. Les habían propuesto quedarse a vivir allí, que con el tiempo aprenderían a no juzgarlos, que se adaptarían a aquella sorprendente deformidad en su amor, pero Marta, la pareja de Jorge, se negó: “Seríais unos parias con nosotros aquí. Me niego a que os odie medio pueblo”.

Marta se subió al coche rota de dolor, haber visto llorar a sus madres de aquella forma la había destrozado por dentro. “Vayámonos y no miremos atrás”, le dijo a su novio, que tenía un rostro distinto al suyo. Porque Jorge estaba furioso, tenía ganas de quemar medio pueblo de condenar para siempre los prejuicios y la hipocresía de aquella gente. Una sola parada, la gasolinera, y ya estarían lejos de allí por siempre.

La manguera empezó a llenar de gasolina el depósito, pero se detuvo de repente. Jorge levantó la vista y Guillermo, el encargado, había cerrado, con una llave, el cierre de seguridad para evitar que saliera más combustible. Lo miraba desafiante y parecía retarle a una pelea que Jorge no estaba dispuesto a aceptar, así que guardó la manguera, cerró el depósito y se subió al coche. Acto seguido el marido de Guillermo, Pablo, salió de la caseta con dos parejas más. La violencia en sus ojos era máxima, una de las otras parejas, Virginia y Laura, se agarraban fuertemente de las manos, como si Jorge y Marta les dieran hasta miedo. Jorge soltó un bufido de resignación y se puso en marcha. Cuando habían salido de la gasolinera, oyeron sus gritos: “¡Heterosexuales! ¡Iros de aquí y no volváis nunca!”, era Guillermo, que recibía el abrazo compungido de su esposo Pablo.

Jorge subió el volumen de la radio, miró a su chica y le ofreció la mejor sonrisa que tenía en aquellos momentos, ambos miraron hacia el frente y vieron la carretera abrirse, como una puerta a un mundo nuevo de libertad.

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