Solo espero que la nieve no remonte nuestro pasado, que no lo congele con sus mil lenguas heladas. Deseo que las nubes, que poco a poco, destruyen cada palmo del azul del cielo, no vengan a golpearnos con una lluvia torrencial que limpie las calles de dolor y nostalgia, desnudándonos a ambos, viéndonos por primera vez vacíos de todo, solo tú y yo, recipientes inapropiados para un amor que nos sobrepasa y se vierte por los bordes de las paredes con que queremos poseerlo. No nos cabe el cariño que nos guardamos, nos hace quebrar la piel, incapaces de subsistir a su demente crecimiento. Víctimas de cada metro que se expande hasta rasgar los límites del universo. Hablo de esto, vida mía, de esto que invade mis manos y que uso para acariciarte, que nos da sentido. Que se convierte en musgo de algodón en mi estómago, que calza tacones afilados y baila claqué en mis entrañas. Espero que sepas de lo que hablo, porque si a ti no te muerde, si no lo sientes adentro tuyo, estaré solo en esto y no creo poder vencerlo, arrinconarlo, darle caza… matarlo. Es nuestro amor, cariño, nuestro amor que está devorando cada centímetro de mi mundo. Mi realidad sangra entre sus feroces fauces. Yo, o lo que queda de lo que fui, tiemblo en un rincón de esta guerra, presa de un hambre voraz que me obliga a devorarte en palabras, consciente de que el que se alimenta, el que sale fortalecido de cada verso que escribo, es el animal, el demonio, la bestia a la que solo mataría una sobredosis de olvido que jamás tomaré. El olvido es el veneno, la droga, que nos hace creer que los recuerdos se han ido. Pero como toda droga, su efecto es caduco, y el día menos esperado tu recuerdo, siempre presente, oculto tras la niebla de las cosas cotidianas, me asaltará por sorpresa encontrándome sin guardia, sin murallas que me aíslen de su estaca.

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