Antes del texto de hoy, quisiera agradecer a Ana Centellas su post donde ha concluido que “la frase de la semana” ha sido una mía(entrad en su blog para conocer cual). Que este premio singular, para mí tan importante, haya sido para un servidor, pudiera significar que la encantadora Ana ha leído muy poco esta semana o haya perdido el juicio, pues me coloca en la incómoda tesitura de tener que compartir post con Alexandra Bochetti, directora del centro cultural Wirginia Woolf, en Roma. Fuera de bromas, es un placer estar aquí día tras día y compartir, con gente como Ana, el inconmensurable placer de tener un blog.

Mil millones de trillones de quintillones de GRACIAS, a Ana y a todos.

Definiendo el amor

Supongo, por experiencias colindantes, que se conectan limítrofemente a mis rutinarias constelaciones, que se hallan en total colisión con tales placeres mundanos, que este sentimiento, que podríamos dar a conocer como amatorio, provoca síncopes cardiacos e incorrecciones en las labores correspondientes a las sístoles y diástoles de las víctimas de tales males, que son tan necesarios para la reproducción sexual de la especie humana y para alimentar, con nutritivos manjares, los riachuelos, ríos y corrientes que conectan nuestro apresurado y simiesco mundo con la magia más volátil y representativa, que es la pulsión de acercamiento y posterior intercambio de locuaces y, a veces, espontáneas demostraciones fácticas de afecto.

El amor es como esta definición: se entiende, pero no.

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