Hizo mucho frío aquella noche. La pequeña casa de campo, en que había conseguido refugiarse del viento, no conseguía aislar la helada esencia que poseía aquella brisa hibernal y homicida. La policía, o quién fuera que andaba en su busca, no lo encontraría allí. Era el lugar ideal, parecía abandonado desde hacía tiempo. Sin embargo, encontró mantas viejas con que taparse y sobrellevar mejor aquel frío. Por la mañana salió a pasearse por la finca, era grande, había olivos y naranjos. Víctimas de una poda inexistente, sus ramas llegaban hasta el suelo, en que descansaban las aceitunas oscuras que nadie vino a recoger, las naranjas podridas pasto de los insectos. Javier veía el pasado, con sus ojos recién amanecidos, proyectando en esos árboles la nostalgia de la masía de sus padres, añoraba aquellos ratos con sus viejos. Si no fuera porque tenía que huir habría ido a darles un beso y un abrazo ¿De qué huía? O ¿De quién?

La niebla, esa era la protagonista de aquel entorno rural descuidado. Tampoco la habían podado, pues su denso cuerpo abrazaba cada arbusto con egoísmo, sin dejar que el ojo de aquel invasor ocasional pudiera atisbar los frutos, que parecían pertenecerle a la blanca espesura de su vestido largo y húmedo.

Encontró los restos, abiertos y aparentemente saqueados, de lo que antaño fuera un almacén o una casa de herramientas. En su interior halló una silla de madera que los ladrones tuvieron a bien no llevarse, por deshilachada y rota. Le sacudió los excrementos de roedores que correteaban ocultos por la niebla y sorprendían al descuidado Javier, cruzándose en su camino huyendo de algún gato. “Huyendo de un gato, como yo. Yo también huyo ¿Quién o qué será mi gato?”, pensó mientras colocaba la silla apoyada en la pared de la casa que quedaba frente al camino por el que había llegado el día anterior. Se iba a sentar allí, vigilando que no viniera nadie  a sorprenderle. Aquella niebla se densificaba por momentos, como si una bruja estuviera echándole más ingredientes a una sopa de sesos. 

Estuvo tres horas allí sentado, observando el devenir de aquella masa blanca y gris. Se durmió un par de veces, pero, cuando despertaba, aquel ser de agua voladora lo miraba fijamente desde una indeterminada forma que en ocasiones dibujaba fantasmas, hombres y mujeres… recuerdos.

Un silbido melodioso, que, en un principio, Javier relacionó con una ensoñación fruto de las cabezadas que daba esporádicamente, surgió de detrás de los cipreses que delimitaban la finca. Javier reaccionó de forma torpe. No lo había percibido, pero la niebla le había mojado la ropa y el frío que había en el aire se había concentrado en la tela de sus tejanos, impidiéndole moverse con comodidad, teniendo que arrastrar un peso helado con el que no contaba. Algo se acercaba con una melodía hermosa, quizás fueran sus perseguidores, que, armados de un silbido armonioso, pretendían confundirle y atraer su curiosidad para capturarle. Se escondió tras un árbol, incapaz de diferenciar si era un naranjo, un olivo u otra cosa, por el manto de niebla que lo cubría hasta el pie del tronco.

Algo brillante, como una luciérnaga o un pajarito con antorcha, danzaba por el campo. Dibujaba, en un baile extraño al compás de un ritmo cadenciosamente triste, la ruta que habían marcado las huellas de Javier sobre la tierra húmeda. Se detenía, a veces, en un árbol, lo enfocaba con su luz cálida, como si intentara besar sus ramajes, dedicarles a la madera y al fruto su canto amargo. El chico aprovechaba esos interludios que le ofrecía su supuesto perseguidor para escaparse un poco más lejos, al siguiente árbol. En una de estas carreras, preso de la ceguera con que la niebla vendaba sus ojos, se golpeó fuertemente la cabeza contra una rama de olivo. Tardó unos segundos en poder recuperar la respiración y unos cuantos más en volver a considerarse consciente.

Ante los ojos, abiertos y llorosos de Javier, estaba una chica joven y muy hermosa. Sus negros cabellos rizados dejaban caer gotas de rocío sobre la faz del confundido chico. La frente de Javier sangraba por el golpe, podía notar el líquido manar de la abertura de su piel, como si uno percibiera que lleva una cascada por sombrero. La chica, con los ojos más perfectamente esculpidos que jamás hubiera visto su temeroso y sangrante amigo, le regaló una sonrisa compasiva de sus labios, que eran más rojos que su herida, tan finos que pudieran haber cortado aquella niebla. Embobado, olvidando el dolor y la fuga, sometido por la belleza inesperada de aquella ninfa repentina, Javier comenzó a sentir una paz casi funeraria, como si estuviera muerto en vida. Sus ideas, antes turbulentas, ahora se habían sumido en una calma profunda. Cada músculo de su cuerpo padecía aquella anestesia, incluso la brecha de su cabeza dejó de dolerle. La mujer lo observaba de pie, sonriente, y la luz que él había confundido con una luciérnaga, ahora surgía de su cuerpo blanco y colmaba cada rincón de la masía, como raíces extensas de alegría incontenible. Los árboles brillaban ufanos y orgullosos, mostraban sus verdes vestidos y sus frutales pendientes iluminados por el rocío que había dejado la niebla. Javier se distrajo observando aquel paisaje de ensueño y cuando cayó en la cuenta, el hada artífice del milagro ya no estaba, había volado, desaparecido como vino. Javier no era capaz de recordarla ni divisar su rostro, ni sus cabellos…

Se levantó, se rasgó la ropa para vendarse la herida y caminó hacia la casa en ruinas, la observó de nuevo y se reconoció en ella, como en un espejo. Desde entonces cuida de aquel lugar. Reconstruyó sus paredes y podó sus árboles, regó y abonó las flores. Hoy, cuando los fantasmas del pasado intentan acosarle, se sienta en la misma silla donde se sentó aquel día, cierra los párpados, abre sus pulmones en un respiración honda e intenta recordar la melodía, el silbido dulce con que su redentora anunciaba su llegada. A veces, muy pocas veces, es capaz de volver a ver su precioso rostro y hasta parece notar las gotas frías y reparadoras que caían de aquellos rizos de azabache.

Imagen sacada de: http://culturalamandragora.blogspot.com.es/2012/10/espejismos-en-la-ciudad-de-niebla.html

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