Ayer, día 23 de enero (lo aclaro porque no sé cuándo publicaré este escrito), no escribí las quinientas palabras que me exijo a diario. Creo que es interesante que explique mis razones, pues nacen de una reflexión que surge de lo más profundo de mi blog y que llevo días meditando. Sin entrar en detalles, porque no quiero que esto se convierta en pasto de cotilleos, ayer fue un día horrendo, uno de esos días en que todo se tuerce y parece que un duende está cogiendo tu realidad y retorciéndola hasta exprimirle todo el significado. Al medio día le dije a un amigo que al llegar a casa escribiría algo cargado de bilis, de odio y desprecio hacia mí mismo. Pero por la tarde pasó algo que me hizo reflexionar:

Me dedico a entrenar niños, que es lo único que me da soporte económico hoy por hoy. Una niña, la llamaré Eleonora para evitar su identidad real, ha empezado hace poco a entrenar en nuestro equipo, el de ayer fue su segundo entreno conmigo y no tiene unas grandes capacidades para el fútbol, como todos cuando iniciamos nuestro camino en este hermoso deporte. Hicimos partido toda la hora, pues había llovido y había charcos por todo el campo, y mi olfato de monitor experimentado me dijo que sería un día complicado, pues el tiempo y mi propia furia interna iban a influir en los niños. Así que un largo partido sería beneficioso para todos.

Hice los equipos y empezó el encuentro. En la primera jugada, un chico se escapa solo y mete gol a la pobre Eleonora, a la que habían puesto de portera en una exhibición de autoridad despótica por parte su equipo, que estaba formado por los niños más problemáticos con que cuento en mis filas. La niña sólo pudo que cerrar los ojos, levantar una pierna y protegerse el rostro con las manos. Pues a uno de los otros chicos, el más grande, de sexto de primaria, al que llamaré Edgar, no se le ocurrió nada mejor que decirle a Eleonora que se había dejado marcar el gol, que era muy mala y ese tipo de improperios. No es algo extraño en los equipos que surjan este tipo de faltas de respeto, para desgracia de todos, pero le recriminé su actitud, que lejos de acabar, siguió presente durante más de media hora. Eleonora se vino abajo, jugaba con más miedo del habitual debido a las broncas absurdas de Edgar, que a la mínima oportunidad la seguía atosigando mientras yo le exigía un cambio de actitud. Otro de los niños problemáticos, lo llamaremos Allan, hizo una entrada bastante agresiva y voluntaria a un compañero, así que lo castigué con una “tarjeta amarilla” (que en los entrenos son tres vueltas al campo), decidió revelarse e irse del entreno, cosa común a esas edades. Luego volvió e hizo las vueltas, pero me dejó un cuarto de hora en que ocupé su posición en el equipo de Eleonora y Edgar. Entré y empecé a animar a Eleonora, a darle pases, a decirle que la siguiente saldría mejor cuando erraba y a felicitarla con aplausos y vítores cuando acertaba un pase a un compañero o conseguía robar un balón al rival. Durante un cuarto de hora, Eleonora se lució. Cuando el exiliado Allan volvió, yo me acerqué a Edgar y le dije: “¿Ves lo que se puede conseguir animando? Si en lugar de machacar a los compañeros, les das aliento, conseguirás mejores resultados de ellos y mejores ocasiones para ti mismo”.

Sé que Edgar no entendió nada, sé que el mensaje le entró por una oreja y le salió por la otra, porque hay niños que son así, después cambian o no, eso depende del tiempo y de la vida. Pero alguien sí que escuchó mis palabras. Las escuchó un imbécil, que iba a escribir, de nuevo, sobre sus miserias al llegar a casa, que iba a machacarse de nuevo por los errores cometidos, que iba reprenderse no avanzar en la vida y mil cosas más. Pero tomé la decisión de relajarme, de no escribir ayer, porque no era capaz de liberar a mi poesía de mis fantasmas. Pensé que era mejor esperar a hoy y escribir esta anécdota en la que aprendí que no hay que ser, ni con uno mismo ni con los demás, como Edgar con Eleonora.

Un placer compartir una vivencia tan inspiradora con vosotros, gracias por estar ahí siempre.

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