Dedicado a los libros de papel y hueso

 

Cerró los párpados y salió de casa como quien, sonámbulo, busca entre sus sueños el destino que Morfeo le ha preparado. ¿Cuántas calles cruzó? nunca lo supo. Pero encontró su olor, lo siguió por las avenidas concurridas, esquivando con arte las distracciones del mundo, los invasivos espejos malolientes que le azotaban la nariz. La intensidad subió, como el deseo se desboca en el corazón inexperto de un adolescente ante la primera interacción con unos labios ajenos, se acercó al aroma y lo besó con las fosas nasales. Con la huella de aquel intercambio extraño con la realidad aún marcada en su rostro, recuperó la vista, abriendo los ojos al color y a la forma de los lugares comunes. A su alrededor, se extendían estanterías ocres; a apenas unos metros de su escueto cuerpo, se encontraba una mujer boquiabierta, tras un frío mostrador de cristal y madera; hombres y mujeres en hilera, con gruesos volúmenes en delgadas manos, permanecían inmóviles con la lengua casi fuera, observando al hombre que, con los ojos cerrados, los había esquivado uno a uno hasta encaramarse a  los mostradores. 

Ahora, con las pupilas visibles y azules, que habían pasado de la negra privacidad que conseguía al unir sus pestañas, a un evento público de mares y cascadas, consiguió, cuando sus ojos dejaron de arder por la insidiosa insistencia del foco eléctrico que iluminaba la sala, vislumbrar lo que ante él se hallaba. El objeto viró de sustancia olorosa a formación física, de esencia imaginada a color viviente, de materia de amor olfativo a objeto cotidiano y hermoso. Era un libro. Lo abrió por cualquier página, observó sus letras oscuras y su papel amarillento. Colocó su mano izquierda bajo la tapa, con todos los dedos sosteniendo su lomo, menos el pulgar, que acariciaba eróticamente la portada y sus relieves. Colocó la mano derecha en la espalda del volumen, con las yemas palpó la sinopsis que intentaba resumir lo infinito, encerrar en paredes estrechas lo que escapa a toda frontera. El pulgar diestro, cual cobra ávida de placer, ágil y estiloso, se ubicó en la primera página del libro y recorrió una a una sus hojas, con la velocidad idónea para que el perfume embriagador manara de aquel paraíso de sueños, aquel cadáver de árbol, aquel continente de ideas… No se hizo esperar su inhalación, sexual y pervertida, su fuerte inspiración, que resonó por toda la librería. Eso era lo que llamamos amor, pues no cabía, lo que sentía su corazón, en otro nombre.

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