Te observo mientras buscas constelaciones

y eres como una de ellas, preciosa y lejana,

un árbol con las últimas hojas verdes,

agarrada a tu suelo como la espuma a su agua.

 

La noche te ilumina con los faroles de metal

y te destellan los ojos al ver la luna,

que sigue siendo un esbozo de locura en ti:

Te conmueve saber que todo es tan inmenso…

 

Tumbada boca arriba me pareces una estatua de mármol,

ceñida a las baldosas con una gravedad sublime,

abrazada a tu belleza te tuerces y te quedas mirándome

 y te ríes al verme con los ojos babeando pasión.

 

Mi mano siente con levedad el roce de tus piernas

y se atreve apenas a acariciarte temblorosamente el muslo,

el tacto es tan maravilloso que arde el oxigeno

 y la respiración se atraganta por unos segundos.

 

Entonces vuelves a tus estrellas y se te nota

que sabes que te estoy observando minuciosamente,

tan cerca que puedes notar me aliento a centímetros

y yo huelo el perfume que se alza de tu cuello,

suave como hecho con pétalos de flor silvestre.

 

En ese preciso instante encuentras las letras idóneas,

punzantes puñales que me hacen retroceder y desesperar.

 

Maldito antiguo amor, tan presente siempre.

Ahora ya no quedan ni cuello ni luna.

Rayos y más rayos de indiferencia me acribillan.

Todo se hunde tras las últimas palmeras grisáceas.

A mis ojos ya les resbalan estrellas de agua salada

que caen al suelo como dinamita acuífera,

explotan                               

                                         e inundan toda la ciudad.

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