Sólo sudo ya por los ojos.

Llorar le llaman, les creo.

Pero no son lágrimas

porque estas escuecen

indudable, rotunda, fatalmente.

 

Me seco con las manos sucias

de tanto arrastrar mi cadáver por el mundo

y la sangre, el sudor y la arena

se juntan en un potingue misterioso,

al que llaman tristeza.

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