He empezado a trabajar hace una semana y me toca viajar a la ciudad, con lo cual me veo obligado a madrugar y a pasar largas horas lejos de casa, en buses y demás. Salgo de casa muy pronto y vuelvo muy tarde, además, al volver, el sueño me abraza y no soy capaz de ejercer un trabajo artístico en condiciones como estas. Es un periodo de adaptación al nuevo paradigma y por ello mi energía está seriamente afectada, por ello, me veo obligado a que ocurra como ayer y no publique. Prefiero no bajar la calidad de mis escritos a cambio de seguir manteniendo la periodicidad de los mismos. Pero siempre intento, como buen miembro de la generación “ni, ni”, ni rendirme ni exigirme más de lo que puedo dar. Por ello, a pesar de que la afluencia de mis textos se verá reducida, voy a incluir nuevas “secciones” con textos ajenos, recomendaciones musicales y otros eventos parecidos, que irán dando vida al blog mientras surge un nuevo escrito y la adaptación a mi nuevo sistema vital me permite llegar a casa menos “zombie”. Espero que lo entendáis y que disfrutéis con los nuevos poemas y canciones de la página. Para empezar compartiré un poema del que es mi poeta predilecto: Ángel González.

Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento…

Anuncios