No, jamás me veréis morder las frutas que aquí expongo, me distancio y articulo una severa protesta, una airada furia, contra quien se aproxima y hasta se acuesta con estas virtudes de lo malicioso.

No he sido de ideas fijas. Si bien alguno, que se ha visto enzarzado conmigo en una discusión cualquiera, sobre política o alguna cosa relevante, podría decir, sin caer en equívocos, que defiendo mis opiniones con espadas afiladas y garrotes prehistóricos, también es sabido por mis allegados que muto estas feroces ideas a la mínima oportunidad, que me gusta colocarme en posturas contrarias a la mía a fin de exprimir las conversaciones que, de otro modo, caerían en una calma ridícula, como si un mar, en una sacudida brusca, dejara escapar sus olas. Esta característica de mi ser me ha permitido ser ateo y creyente, de derechas e izquierdas, humanista y destructor de mundos, animalista y cazador… escritor e inquisidor de mi propia obra.

No soy capaz de perpetrar una injusticia, ni de quedarme quieto si la veo. Jamás me enfado, soy un pozo hondo, entrenado para soportar dosis sin fin de gotas de esas que “colman el vaso”, me las arreglo para no recibirlas, pero puedo sobrevivir sin inmutarme a muchas inundaciones. Sin embargo, cuando soy testigo de una torsión ética evidente, mis dientes se aprietan y mis encías ladran de furia, no soy alto ni fuerte pero puedo convertirme en un tigre, en un jaguar rabioso que muerde y araña, pierdo la cabeza en esos momentos, no soy un humano, soy guerrero, soy espartano…

Y nunca, que yo recuerde, he sido serio, exceptuando, quizás, en el amor, donde me doto a mí mismo de una épica heroica que suele acabar conmigo y con mis amores. Siempre me río, de todo, incluso cuando estoy muy triste, me río de mi tristeza, de las absurdas reflexiones depresivas que surgen de mi mente afectada por la borrachera de la autocompasión, que tiene una resaca horrible y me afea hasta el verde de los ojos.

Estas son las desgracias que siempre esquiva mi personalidad, aficionada a la serenidad y a la guerra, a la paz y a los terremotos, pero nunca a la maldad y a la paralización más absoluta, mi piel no es de mármol y mi sangre no es verde veneno sino roja pasión por la vida.

Nos vemos, amigos, mis buenos amigos, los que recibís lo mejor de mí: mis palabras. Os quiero, a todos, a las 100 almas y pico que ya me “seguís” por estos lares, leáis lo que escribo o no, siempre sois bienvenidos a mis escasas virtudes.

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