​Es fuerte, como un golpe que suena en un espacio libre de sólidas oposiciones. Admito que nunca me esperé que llegara, como un relampago, a partirme las palabras, a dejarme mudo escuchando su discurso, su vehemencia. Ha recogido mis esperanzas y las ha mutado en algo que no reconozco, en afiladas puntas que se clavan en mis antiguos sueños, mis viejas aspiraciones de ser un hombre concreto, que con ella no puedo ser, me exige ser yunque, montaña acreste ausente de árboles coordinados que bailen al ritmo del viento de mis deseos infantiles. No me enamoraré de una magia que sobrevuele entre los coches de mis venas, no me encapricharé de los colonos que peregrinan hacia sus islas… pero cómo no admirar sus pasos seguros, sus pensamientos invisibles que se disfrazan de dureza, de su pasión impracticable… Clamo por asistir a ella de nuevo, ansioso por descubrir más afluentes de ese río que me atropelló y me adhirió al asfalto de su piel perfecta, que me sumergió en una confusión absurda, en una dulce hipnosis nacida de sus ojos violentamente brillantes… 

No nos parecemos, pero me parece que apareceré en su vida más veces, que pereceré en sus manos perennes, perezoso penetrado por su personalidad, que me perturba. 

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