​Hay noches en que uno duerme mal, con los ojos vueltos del revés y las piernas dobladas a la inversa, en un ángulo terrible. Me las paso despierto, mirando los crucigramas que mi cerebro dibuja en el techo, resolviendo dos palabras de cada uno y dejando para después cada letra que me queda. Mis manos arañan mi costado hasta que mi odio sangra sobre las sabanas, que me sostienen sin voluntad ni fuerzas, como una brizna de hierba sirve de pedestal para un despistado insecto. 

También como el insecto, temo a cada segundo que caiga sobre mí el pesado pie que ha de destrozarme. En mi caso, esa bota gigante llega, no de una pierna conectada a un ser gigantesco, sino del recuerdo de mi amor por ella, por la que sin más fue amor y daga, caricia y hachazo, abrazo y hecatombe. Ya no sé (y esa es la pregunta que arde en mi desvelo) si son los buenos recuerdos o los malos los que me aplastan el pecho, los que me impiden respirar como debería, los que me matan y me hacen temer mis sueños.

Observo con masoquismo crónico los días que pasamos juntos, los que hubiera señalado como los más felices de mi corta y miserable vida. Los toco con mis desnudos dedos, los veo agrietarse bajo mi tacto, qué bonitos eran cuando creía que ella me quería, cuando sentía que era amado por alguien… Ahora, por esas grietas profundas que producen mis huellas, veo fugarse su amor, su mentira… Su engaño para ambos, pues ella fue víctima de ese esfuerzo, de esa torcedura de lo que debe ser el amor: sencillez, sonrisas, verdad… No me amó y no lo supo… no me amó y no me di cuenta… Ahora, con su involuntaria daga clavada en mis costillas, miro mi habitación a oscuras, siento el peso de sus fantasmas en mis párpados, los relámpagos de las promesas que nos hirieron y el dolor de sus besos (los que ahora son de otro al que sí ama, al que sí quiere con una verdad absoluta) en mi corazón.

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