​Como un niño culpable de inocencia, me dispongo a redactar, en pleno mes de abril, la carta a los reyes magos. Espero que sean compasivos con mi petición a deshora, llevo años sin enviarles carta y me gustaría que, aunque solo sea esta vez, dieran su brazo a torcer y me cedieran unas horas extras que pagaré con un agradecimiento inmenso:

No sé si, como el genio de Aladdin, tienen ustedes normas que prohíban de forma tajante este deseo, en tal caso, me gustaría aclarar que no quiero que me regalen un amor directo, una mujer rendida a mis brazos como se rinde el rocío del olivo sobre el musgo del campo. Digamos que yo les pido un cielo azul sobre el que esparcir mis nubes y esperar que llueva. No quiero un regalo, mas quiero que sea alguien sencillo, con quien sea fácil conversar, reír y confiarse, e imposible traicionarse o caer en mentiras y desconfianzas. 

Guapa, la quiero guapa, guapa de esas que son guapas de verdad, que se ven guapas sin ostentar, que se saben bonitas sin creerse mejor por ello y, debo insistir en este punto, que lo sea para mí, no me importan los cánones estéticos que exige nuestra normalizadora sociedad. No sabría describir con exactitud mis gustos, pues siempre dije que la mujer que me agrada me agrada porque me agrada, refiriéndome, en este cacofónico esperpento, que me da igual cómo sea mientras produzca en mí las añoradas mariposas que sentía cuando me enamoraba siendo niño. 

Quiero que ría, aunque sea de mis estúpidos ademanes, pero quiero que ladre carcajadas, que parta el mundo por la mitad con cada leve sonrisa. Que nos visiten preocupados policías alertados por los vecinos de una extraña luz, que surge de nuestras ventanas cuando ella ríe.

Que inspire mis versos con maestría de musa. Que, con solemne reverencia, mis palabras vayan a posarse sobre ella, como si fuera el árbol predilecto para los pájaros, ávidos de amor y descanso, que sobrevuelan mis venas. 

Me apasiona lo cursi. Defino como cursi aquello que, de tan ridículo, solo puede ser una muestra irrefutable de amor o demencia. Porque, y esto es lo más importante, quiero que me demuestre su amor, que me haga sentir querido por primera vez en mi vida. En muchas ocasiones se habla de que el amor de una mujer se conquista día tras día, pues bien, el mío también. No quiero excesivos halagos ni regalos, no hablo de eso… hablo de mirar a los ojos de alguien y sentir que si pudiera estar dónde y con quién quisiera, elegiría estar conmigo en ese lugar y en ese momento. Huelga decir que yo ofrezco lo mismo y más: soy detallista, apasionado, atento, bueno y muy cariñoso. Compenso un sinfín de defectos con una feroz autocrítica, un esfuerzo constante y una habilidad sorprendente para “bajarme del burro”. 

Gracias por su atención,

esperaré, con paciente ansia, su respuesta.

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