Siempre me sedujo la idea de vivir en Grecia o Italia, incluso en algunos pueblos de España, en los que unas pequeñas y encantadoras casas blancas dan la bienvenida a un mar de infinitos reflejos. Como esculpidas en las piedras de una ladera, más acantilados que calles. Más inclinados que habitados, esos pueblos me llaman y me seducen desde siempre. El color a sal, a espuma de mar, a nube terrestre, es un canto de sirena y yo, Ulises de tres al cuarto, me dirijo a ello como un poseído espíritu. Así te veo, como un pueblo pequeño, distinto al mío, que he visto en fotografías que no saben mostrar la longitud del viento que mueve tus árboles y desfila entre tus pestañas. 

Cuando pienso en los países del mundo y decido en cuál vivir, sueño con un lugar en que ser escritor sea respetado, en que mi poesía y todas las horas que he pasado perfeccionando mi arte tengan sentido. Quizás Sudamerica, Andalucía o Cuba, países y regiones en que la muerte de un poeta requiere de luto nacional ¿A qué más puede aspirar un escritor que a morirse y que alguien aplauda sobre su tumba? Así te veo, como un lugar en que vivir, en que morir entre aplausos… sin embargo, no conozco los recodos de tus políticas, las curvas de tú constitución, la longitud reglamentaria que estipula tu gobierno en lo que refiere al viento, que roza tus caderas en acariciante huracán, en sereno tornado, en apagada fuerza destructora de sístoles y diástoles.

Un barco pirata, un navío en que vivir fuera de toda muralla, en que viajar hasta escondidos tesoros malditos, ahí quiero pasar el resto de mi tiempo. Con un sable afilado y corvo, enfrentarme a otras embarcaciones, aferrado a la ley sin ley de los piratas, de los bucaneros que ven en el horizonte un destino jamás alcanzable. Dejarme una barba larga y poblada, en que hacerme trenzas con las que pueda jugar mi viejo loro. Así te imagino, como una estilizada tabla en la que sobrevivir de mis naufragios. Aunque no sepa la longitud del viento que impulsa tus velas, ni hacia dónde te llevan.

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