Se fue, no la encuentro, ya no está. Mi muralla, las gruesas paredes con que me protegía de las maldades del mundo… ha desaparecido… 

Me la quité para amar, para querer, para enamorarme hasta los tuétanos. Recogí una a una las baldosas y las dejé en una esquina de mi cuarto, desde donde, como un eco, me recordaban, en un mantra constante y cansino, el daño al que ahora era vulnerable. Mostrándome la cronología de mis fracasos, los motivos que me hicieron edificar aquella barrera, conseguían que en algunas ocasiones me temblaran las piernas, al rememorar lo débil que era mi corazón antes de sepultarlo bajo frías piedras. Poco a poco, mi inconciencia y mis acelerados y enamorados latidos fueron silenciando aquella advertencia. Todos los naipes marcados cumplieron su mezquino trabajo y bajo la manga de mi amada no había un as, sino un cuchillo con el que me arrebató la esperanza. Tener miedo de soñar sucesos felices… ese es el verdadero fantasma del desamor, temer soñar que sonríes, que la dicha te envuelve, que aún eres capaz de sentir amor por la vida.

Los miedos ancestrales que poblaron mi adolescencia y juventud temprana volvieron a mendigar mis atenciones, reclamaron su lugar, su patio, su casa. Cuando, abatido, busqué consuelo en mis viejos ladrillos, encontré que el destino me guardaba otra estocada. Donde deberían haber estado mi armadura y mi casco, mi fortaleza, mi fuerza contra la adversidad de la que soy víctima, no hallé nada, solo un rincón desnudo de mi habitación, que me mira con indiferencia, intentando esbozar una mueca de compasión que no siente. Como un residuo que ha quedado impregnado en el aire de mi cuarto, suena la antigua advertencia, anuncio visionario de mi muerte más de mil veces anunciada. Ahora el corazón es mi coraza y cualquier hoja mecida por el viento puede lastimarme, herirme y hasta matarme. Este soy ahora, un ser que serpentea por la tierra, un hombre que ya no es hombre ni es nada. Y lo peor de todo es que…

Veo la energía que viene, 

veo la ilusión que se acerca, 

el amor que llama mi puerta, 

                      mas…

sin piedras que me protejan… 

acabaré sembrado bajo la tierra, 

en una casa de madera hueca.

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