Javier recogió su alma del suelo, se volteó y salió del parque donde tantas veces fue feliz con ella. El mismo árbol que en tantas ocasiones le pareció que sonreía, hoy lloraba con una evidencia tan clara, que le resultaba imposible entender cómo erró tan fatalmente durante aquel año y medio. El amor te coloca unas gafas mentirosas y, cuando se rompen, te rompes tú con ellas. El camino hacia el autobús, que recorrió con ella cientos de veces, asido de su existencia, como es asida una brizna de paja en el pico de un pájaro, se le antojó una peregrinación por el desierto. “Ojalá- pensó- existiera el diablo y, como hizo con Jesucristo, me ofreciera un deseo pecaminoso. Olvidar aquello, volver atrás en el tiempo y cometer menos errores.” Aunque no fueron sus errores ni los de ella lo que acabaron su relación. Había algo en aquellos ojos, otrora tan hermosos, algo que no comprendería hasta unas horas más tarde. 

Se paró ante el escaparate de una pastelería con la que siempre se cruzaban, siempre oscura. Rara vez vieron a cliente alguno y sus mostradores, a pesar de estar abierta, permanecían vacíos. En varias ocasiones habían bromeado con ello, deduciendo que se trataba de un local para fantasmas, para muertos. “Por eso- le decía él- no vemos la comida, porque estamos vivos. Estamos vivos porque estamos juntos y te quiero más que a mil lunas.” Cuando se encontraban con que algún cruasán despistado había conseguido llegar al escaparate, ella insinuaba que quizás se estuvieran muriendo. Ahora, Javier se sentía con ganas de entrar, de ver todo rebosante de pasteles y ricas pastas, de barras de pan de todas las clases, de chocolatinas y bollería industrial. Javier deseaba aquello con todas sus fuerzas… Los muertos tal vez no lloran, aunque él si lo hacía, lentamente, como si cada lágrima dudara de sí misma. 

Fue a sentarse, casi por inercia, en el banco de siempre, dónde tantas horas pasaron gracias a la tardanza oportuna de los transportes públicos, ella aferrada a quién sabe qué pensamientos y él amarrado a ella, porque así pasaba Javier los días, amarrado a una mujer que creía perfecta, que creía que sería la última, la definitiva, la madre de sus descendientes, su último amor, como también era el primero. A pesar de las eternas dudas que asaltaban a su compañera sobre la veracidad  del sentimiento que reflejaban los ojos verdes de su amado, encendidos al contemplarla. “El amor no se dice- decía a menudo la mujer de sus sueños-, el amor se demuestra”. Aquel pobre hombre, que tenía más corazón que cuerpo, la miraba atónito y pensaba “¿Cómo se demuestra el amor? ¿Cómo puedo yo envolver el sentimiento que me araña las entrañas y dártelo para que lo veas? Si me cuesta respirar cerca de ti, si me dan ganas de llorar de júbilo si pienso en que me quieres y que podré besarte y quererte y amarte y darte todo lo que tengo, que es nada y es todo… aunque sea nada…”. Sentado en aquel banco que le era ajeno pensó… “Y su amor, ¿Cuándo lo demostró? Yo jamás la definí por su ropa o por su pelo, que hasta calva y vestida con un saco me parecería hermosa, hermosérrima, la más hermosa del mundo y de la galaxia. Se lo decía a todas horas… ¿Y ella? ¿Cuántas veces me hizo sentir mal por mi ropa? ¿Cuántas veces insinuó que con pelo corto le gustaría menos?… Gustarle menos… ¿Cómo es eso posible? Para mí ella era perfecta, sin aristas… Yo me sentía muchas veces obligado a recortar mis bordes, a cambiar para alcanzar su aprobación máxima… En el amor la aprobación debe ser absoluta, siempre. Si no es así… significa que…” la llegada del autobús interrumpió aquel pensamiento y aquel efluvio de lágrimas que le estaban golpeando los ojos por dentro, pidiendo salir en cascada.

Se sentó donde siempre, en la ventana que daba a la parada, incluso alzó la vista para despedirse de ella, que no estaba, de nuevo la costumbre volvía a traicionarle. Aunque se dio cuenta de que nunca estuvo, siempre se marchaba en cuanto él subía al auto, se despedían con acalorados besos que dejaban paso a una espalda que se alejaba sin darse vuelta. ¿Cómo lo hacía? Para él era imposible no quedarse mirándola. En las escasas veces en que era ella quien visitaba su pueblo y quien volvía en autobús a su ciudad, acabado el día, era una especie de último intento de disfrutar de su visión a través de una ventana demasiado gruesa, demasiado fría. Se quedaba prendado de aquella belleza, de la suavidad con que parecía moverse el mastodóntico autobús cuando ella estaba dentro. 

Mirando por la ventana los campos que decoraban las afueras de la ciudad y le conducían a su pequeño pueblo, le sobrevino una de las últimas frases con que su amada sentenció su relación, hacía menos de una hora. “Tranquilo, en un mes estarás con otra”. Aquellas palabras le pesaban en los párpados, sintió como si las ojeras se le hincharan de agua salada. Se sintió una mierda, sin más, un excremento innecesario para el mundo, algo que eliminar, alimento de moscas y otros insectos. En un año y medio, la conclusión que había sacado la única persona de la había estado enamorado era esa. Esa era la impresión que daba, a pesar de sus sacrificios, de todo lo que había cedido por ella… en el único pensamiento que a él le importaba, la única persona cuya opinión le preocupaba… pensaba que en un mes la habría olvidado ¿Qué había hecho tan mal? ¿Qué palabras había dicho él para que ella creyera eso? Un mes más tarde, Javier descubría, atónito, que ella ya había encontrado a alguien y que se había enamorado. Mientras tanto, Javier seguiría llorando su pérdida por meses, pero no quiero adelantarme a los acontecimientos. 

Media hora de trayecto y Javier llegó a su casa. Iba a prepararse la comida cuando una arcada le golpeó la garganta, corrió al lavabo y vomitó en violentas embestidas que le salieron por la nariz y por la boca. Cuando se hubo vaciado por completo, incapaz de pensar en comer por el sabor horrendo que le había dejado aquel episodio, se dirigió a su cama y se tumbó. Algo subió por su estómago, un escalofrío súbito, que en un principio interpretó como otra arcada, pero que ignoró su boca y se instaló en sus ojos, que a estas alturas estaban inflamados y adoloridos. Tras un breve instante el líquido salado empezó a brotar, como una raíz de sus ojos. La idea que se le había mantenido oculta, la verdad insondable que se había negado a escuchar de sí mismo al llegar el autobús, el secreto a voces que gritaban aquellos ojos de los que había estado enamorado. “No me quiso nunca- se dijo, al fin-, jamás lo hizo. Entre sus brazos me sentí querido por primera vez en mi vida… pero ahora sé que esos brazos eran compasión y agradecimiento, no amor… Nadie me ha querido nunca y ella tampoco”.

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