Devuélvemela. Solo eso. No te quedes con ella, enamorándola con tus verdes espaldas, tus rocas vestidas de musgo suave, tus antiguas batallas perdidas en la memoria de los tiempos… 

Haz que vuelva a acercarse a mis fronteras, el metro y medio que nos separa siempre. Me gusta escalar mis fortalezas para observarla, mientras golpea mis muros con una sonrisa que lastima mis endebles defensas. Mi vientre se ha llenado de inviernos ahora que sé que está lejos, que la distancia geográfica se suma a la distancia de nuestros sentimientos, cosidos por un hilo de nieve. Es que hasta siento su marcha, que si bien debiera llegar la primavera a mi país parece haber llegado una helada ventisca, que ha llenado nuestro pueblo de chaquetas y paraguas. Hasta el clima sufre su ausencia, como un corazón que se hiere de nostalgia. Devuélvela, y sé que pido mucho, al fin y al cabo, soy un hombre pequeño e insignificante, que te habla desde un país pequeño e insignificado… tú me entiendes mejor que nadie… 

Por eso, te imploro que la regreses, necesito su bravía, envidiada incluso por la feroz agua de tus costas, sus ojos que me miran como si fuera relevante, inspirándome una valentía de la que carezco, y su voz que habla del futuro y hace que brille, deslumbrante, ante mí.

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