Hoy escribo sobre una obviedad tan evidente, tan innecesaria y tangible que hasta me avergüenzo de gastar mis dedos en un quehacer tan sencillo. Lejos de toda intención de llenar de muebles el cielo, de contagiar esperanzas a los más necesitados o inspirar artísticamente a algún pintor pobre de los suburbios de París… Hoy mi trabajo quiere resaltar lo que cualquiera puede ver hasta con los ojos entornados… Ella es hermosa.Ahora, como buen escritor, debería enumerar las virtudes que la hacen relevante, que la distinguen del resto de bellezas con una fiereza implacable, como si la hermosura fuera su hogar y ella fuera capaz de desterrar del mismo toda competencia.Pero hoy quiero hablar de un centímetro, incluso menos todavía, de una partícula diminuta que surge de entre sus dientes cuando sonríe, que se refleja en sus labios, más concretamente en su comisura, y que dibuja un ángulo elevado, una curva sublime y hermosa, que parece señalar al cielo como retándolo, como cuestionando la preciosidad de las estrellas y la luna, venciéndolas, conquistando más admiración que diez auroras boreales, que mil vías lácteas, que el sol y sus reflejos.Ese átomo que solo aparece en el cénit de su carcajada, que llevaría a un humorista hasta la locura por hacerla reír una vez más. En ese inapreciable territorio se posan hoy mis letras, extranjeras e intrusas en el paraíso de un instante, cautivas de la inspiración que rebosa de ese simple gesto, que en ella es magnificente e infinito.

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