“El amor es entrega.”

Deepak Chopra

 

No se miran, víctimas de un espejo perpetuo que cuelga sobre sus párpados. Su cuerpo moreno y tan poco rudimentario, tan lleno de bultos convenientes (ella en el busto y él en los brazos), los distraen al uno del otro, los despistan y separan, los enaltecen y les niegan el fuego de las caricias de verdad, de los verdaderos besos. Hablan durante horas, el uno del uno y el otro del otro, sin escuchar más que su voz, sin disfrutar más que sus intervenciones. Poco conocen las esquinas y rincones de sus compungidas almas. Solo cuando las gónadas mutuas exigen una satisfacción carnal, pasan a devorarse, presos de un hambre por lo ajeno, como un descanso de sí mismos, un espacio y un tiempo en que sus espejos chocan y se rompen, se abren y dejan ver al otro, como un eco de inexistencias placenteras, se destruyen en embestidas animales. Un instante después, con sus cuerpos escultóricos sudados y magullados, se tumban uno al lado del otro, sin apenas tocarse y remiendan su castigado ego. Dicen “ha estado bien” aunque lo que piensan está en primera persona, “Te quiero” aunque esa “T” huele a “M” desde lejos. Así se aman, sin saber a quién agarran la mano por la calle, quién es el que come en frente suyo, con quién comparten el pan y la vida…

P.D(un aparte): Su amor no comprende la esencia del asunto que les convoca a este restaurante, en el que yo me encuentro solo por no comprender el amor de ahora, tan vacío de versos. Se me ocurre un esperpento, un hijo deforme de mis pensamientos más sutiles, pido disculpas de antemano:

He llegado a la siguiente conclusión:

El amor vasado en la egolatría que en esta historia se describe es un juguete infantil que pende de un hilo (Yoyó).

El amor como debería ser, que es un amor dadivoso y altruista, es un vestido que danza y sobrevuela el escenario de las miserias humanas casi sin tocar el suelo (Tutú).

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