—¿Subiste a la noria?

— Claro.

— Yo, con mi vértigo… me volvería loco ahí arriba. Aunque, aun así, subiría.

— Qué cobarde.

— El cobarde no es el que tiene miedo, es el que se deja vencer por él.

—Supongo.

— Además he subido a sitios más altos y peligrosos que una noria.

— ¿A cuáles?

— Me he subido a tus ojos, con tus párpados como único paracaídas, aferrado a tus pestañas como una insignificante mota de polvo. Me he perdido en los bosques oscuros de tu pelo y escalado tus cabellos para huir del calor de tus ardientes pensamientos. Me he caído en el pozo de tu voz cientos de veces, inconsciente ya del resto del mundo, mecido por esa sinfonía de palabras bien dichas, de risas e ideas que hieren y hasta matan. He coronado tu nariz como quien visita un templo, como quien hace un peregrinaje a un lugar sagrado. Desde su cima he visto tus pupilas mirar el cielo, las he visto leer y amar las pequeñas cosas que ofrece la vida. Me he asido de tus manos sabiendo que todo acababa ahí, que el suelo ya no existía, ni el tiempo y el espacio, solo tu mano y yo, que colgado cual murciégalo, deseaba no caerme ni clavarte mis zarpas para cogerme más fuerte, una equilibrio del que fui víctima y verdugo en el pasado. Por ti, me he elevado por encima de mí mismo, dejando atrás mil cuerpos que fueron míos y hoy pertenecen a la niebla y al viento. Te he querido allí donde el universo se acaba y amado más allá de los paraísos que no son del hombre. Te he edificado poesías infinitas con materiales poco sólidos y las he derruido porque no estaban a tu altura. He trepado hasta tu oído y le he hablado de un mito, una historia o leyenda o cuento que se llama olvido.

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