¿Para qué trabajo? Me gustaría saber la respuesta. No hablo del trabajo de escribir, que me hace feliz y me completa como hombre y como espíritu caído de algún mueble celestial (o infernal, quién sabe). No me considero un bicho económico, lo que más me sobra de mi atuendo son los bolsillos, y mi propio conjunto entero me lo arrancaría si mi cuerpo fuera agradable a la vista de los demás como lo es a mis ojos. Me levanto cada mañana a las cinco y me dispongo a ponerme mis esposas y dirigirme a mi querida tortura, que es común en casi todo hombre. Ese “casi” es el que me hiere, el que me reclama ser uno de los que se elevan del camastro mutados en aves voladoras, cuyo cansancio se convierte en viento que besa sus velas con violencia. El que levita evita sus vitales fluctuaciones, para negociar con el destino una meta más satisfactoria. Al final de treinta días te dan un dinero que te condena como la bola de hierro de un preso. Que te ancla a esta vida de miserias trepadoras, que te ata con lianas y metales que pesan más que el mundo. Aquí no me pertenezco, no soy mío. Es despiadado entregar tu cuerpo y tus músculos, eb mi caso escasos, a otra gente a cambio de un salario, que viene de la palabra “sal”, que es lo que representa el trabajo en las heridas de la vida, un salero que vierte su contenido constante sobre las llagas y agujeros de mi piel.

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