Los lobos, cariño, las patas peludas de los lobos tras la puerta, nuestra muerte se acerca y te quiero. Oigo sus zarpas llamar cansinamente, rasgando la tierra virgen del bosque, sin prisa. Los vencedores y los vencidos ya se conocen antes de iniciarse la guerra. Somos pasto, comida, alimento para sus fauces afiladas. A nuestro alrededor todo nos señala: los restos de cordero, los surcos en las paredes, el olor a manada. Esta no es nuestra casa, nuestro hogar de flores, armarios y alfombras. Esta es su guarida, la casa de los lobos que ahora esperan tras su propia puerta para matarnos. Maldito sea el oráculo que nos hizo creer que esta era nuestra única opción, que esta trinchera era donde encontraríamos la paz, el amor, la vida. Siento que te he traído aquí, mi adicción a ti que me aferra a un destino funesto. Vas a llorar, a gritar, a morir. Por este vicio de quererte mía, desear ser nosotros tan empecinadamente… Los lobos aúllan, huelen mi culpa y me llaman.

Al fin, y con una sobredosis de heroísmo egoísta y zafia, coloco mi mano sobre el pomo y abro. Los lobos me esperan, te abandono dentro. Te quedas gritando, rogando que vuelva, que salve mi vida, diciendo quererme todavía, a pesar de todo. Miro el bosque, los pinos y las setas dan vida a una naturaleza herida de traición y otoño. Una decena de lobos me miran, los labios apretados en la encía dejan ver sus colmillos asesinos. El viento mueve los árboles y el sol entra a escena iluminando los ojos amarillos de las bestias. Tiemblo, pero me arrodillo, agacho la cabeza y pido disculpas, lloro, me arrepiento de todo lo que nos ha traído hasta este lugar, mis errores, mis sueños— mis malditos sueños…—. Los lobos aúllan de nuevo, la sangre de mi cuerpo adquiere escamas y me rasga las venas por dentro, soy un faquir novato, me duele hasta el aire. El musgo húmedo me moja las rodillas.

Las bestias se acercan, danzan entorno a mí, me olisquean, gruñen. Uno a uno, se van sentado, creando un círculo de fieras cuyo centro soy yo. Cierro los ojos, es el momento, el ritual ha acabado es la hora de la cena. Oigo los pasos alejarse, adentrarse en la cueva que queda tras de mí. Te oigo llorar y gritar, el silencio me anuncia tu muerte. Una ráfaga de aire salvaje me empuja fuera del bosque, me insta a salir de allí. Has muerto y yo estoy vivo… esta es mi vida ahora.

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