Es fría la ciudad, este verso libre y castigado en el que vivo. Los edificios, escarcha puntiaguda y afilada, me miran altivos con su aspecto de bravos soldados, tan dispuestos a quebrar el horizonte con sus espaldas serradas como a recortarme a mí hasta borrarme de sus calles. El vaho que, tembloroso y humeante, se escapa de mis labios besándome en la huida, llenándome de vapor los ojos, me odia casi tanto como yo a él, y recuerdo aquel verso de Jaime Sabines:

“Ya ves ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?”

No os voy a engañar, este olor a agua fétida y helada, este ruido infernal de los coches llevados por caballos demoníacos, el aire insidioso de esta ciudad, todo ello y mucho más… me enamoró desde el principio, era un eco de mí, un eco de mi parte más violenta, más miserable y triste… más muerta.

Ahora que la miro, caminando por su piel grisácea y quebrada, la reconozco con claridad, es mi mejor amiga, la que sin más habrá de compadecerse de mí algún día y regalarme la muerte en un accidente bienintencionado. No me importa si su polución me enferma y aniquila, si un autobús despistado me proyecta al infinito y me somete a los caprichos de una parca impaciente, si un atraco en sus estrechos callejones acaba, con un navajazo final, mi existencia. Pero no siempre ha sido así.

Recuerdo su hermoso rostro recién amanecido, el sol apareciendo entre arquitecturas modernistas, los árboles adquiriendo un disfraz de fuego en otoño, de eterna manifestación preciosista en verano y primavera. El invierno no existía, no había frío, ni grises, ni miedo. Me parece verla todavía aleteando entre palomas, ufana de sí misma, mi bella ciudad tan grande y tan divina. Percibía su abrazo en cada esquina, cada barrio me amaba y los vientos, que siempre la han caracterizado, me movían el cabello con su mano cariñosa. Esta ciudad, mi vieja amiga, mi amante más sublime, tenía entonces la felicidad marcada en cada farola, en cada pequeña baldosa que pisaba. Agradecía los paseos, te cogía de la mano y te llevaba por lugares escondidos, callejones que acababan en muros, cuyas casas colindantes expulsaban miradas desconfiadas que te observaban como a un intruso, un fantasma que se hubiera colado allí a recordarles la felicidad a esa gente, que vivía en un hogar sin salida. A veces, no muchas, porque el tiempo pasa y los dolores pesan, me gusta situarme en aquel momento en que todo parecía tener sentido… y recordarla.

Hoy la realidad ha declarado la guerra a la belleza, las esquinas que antes acariciaba con mis dedos al pasar junto a ellas, ahora son agresivos dientes que me hieren las huellas, borrándome poco a poco, mordisco a mordisco, la triste huella de un muerto obligado a respirar, a alzarse cada mañana y dedicarse a sus quehaceres. Mis ojos han cambiado, mis piernas ya no caminan con la misma técnica, mi futuro es un vacío al que lanzo esperanzas cada día más flacas y escuálidas. Ojalá algún día muten mis vibraciones y sea capaz de engañarme de nuevo, volver a ver mi ciudad desde la dulce farsa del amor y el aprecio, desde la suave postura del que respeta y atesora su propia alma.

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