Dos guardias en la puerta me parecieron un exceso, Carlos Noguera era un hombre flaco y bajo, su cara era un retrato goyesco, un espanto de ojeras y aparente culpabilidad, no era un tipo peligroso. Todo eso lo pensaba por lo que había visto de él por televisión. Desde la primera vez que se le fotografiara, en 2017, tras su detención, el hombre había perdido mucho peso y se había apagado lentamente. Ante el tribunal apareció enmanillado y cabizbajo, el pelo desortijado, la barba crecida y descuidada, un rostro frío, flaco e impenetrable de un extraño color morado. Había pasado un año y dos meses del incidente, un año y dos meses en que ese hombre había sido portada de más de un millón de publicaciones en periódicos, ocupando sus portadas e, incluso, libros de psicología que lo señalaban como el peor psicópata del siglo. Un crimen así, con esa morbosidad, con el clero de por medio y dos niños implicados, era el caldo de cultivo ideal para este país, tan ansioso por devorar en noticias y programas de media tarde algún suceso espeluznante. Alguna desgracia por la que exigir la reactivación de la pena de muerte mientras se toma un café en cualquier bar, pasando después a hablar del fútbol o el tiempo. España vive del morbo, bebe y come de él. Aunque no me voy a quejar, una semana después, cuando publicara mi entrevista al hombre más odiado del continente, mi página sería la más leída del día. Iba a ver a un hombre que ya se había declarado culpable, que había recibido el escarnio público más beligerante que pueda uno imaginar y que no podía dar más jugo, pero una entrevista personal era otro asunto.

Un hombre alto y formal, mejor vestido que nadie en toda esa penitenciaría, me recibió con una cordialidad helada. Su ancha sonrisa impostada y su estrechar de manos entrenado me resultaron menos agradables de lo que él pretendía. Aquel espantapájaros con pretensiones estaba en su mejor momento, era el alcaide encargado de supervisar y dar justicia al asesino de la década. Me acompañó hasta la puerta con un andar parsimonioso, estaba disfrutando de aquellos días, seguramente los más importantes de su vida. Antes de dejarme entrar, con la puerta ya abierta, me agarró fuertemente del hombro y se acercó a mí, olía a cantidades ingentes de colonia barata, que no conseguían disimular un residual olor a caliqueño y carajillo. “Tenga cuidado, no quiero un nuevo brote. Es un hombre educado y se ha portado bien, pero conozco a los de su calaña, si surge lo que lleva dentro, corre usted peligro ¿Entendido? No le haga preguntas muy personales ni que puedan cabrearle, deje que hable él, eso les gusta”, me dijo, procurando que Carlos también lo oyera. Yo asentí nerviosamente y me descubrí deseando que aquel maniquí de mercadillo se fuera y pudiera quedarme a solas con un asesino.

Carlos estaba sentado ante una mesa rectangular de metal reluciente, mi silla estaba ubicada lo más lejos posible de la de él. No lo saludé, he de reconocer que tenerlo delante era incómodo, el enemigo público número uno, el mayor villano en años. Me miraba con los ojos vidriosos, no le habían concedido siquiera un pañuelo y su peto carcelario era de un naranja más oscuro cerca del cuello, fruto de un reguero persistente de lágrimas. Me senté y dejé mi grabadora sobre la mesa. La observó con desconfianza, sus expresiones eran claras, cualquier gesto minúsculo se multiplicaba en su piel, que era una fina pátina sobre el cráneo. Saqué un bloc de notas en que yo y ocho compañeros habíamos apuntado las mejores preguntas que hacerle al anticristo. Así empezó todo, con una sacudida brusca de cabeza que hizo que se le cayeran las dos últimas gotas saladas que habían quedado alojadas en su lagrimal.

—Puede coger esas preguntas y guardarlas. No le he concedido esta entrevista para que me haga un test de personalidad para la Superpop. Le voy a contar mi versión de esta historia, lo que pasó realmente o lo que yo vi fruto de la locura que dicen que sufro. Lo voy a hacer porque ya no me importa, las personas que decían quererme no creyeron en mí, me dieron de lado al escuchar lo que viví aquella tarde, así que decidí no volver a contar esto a nadie. Voy a morir en la cárcel, supongo que me matarán allí, estoy seguro y no me preocupa lo más mínimo, de tener fuerza de voluntad suficiente me hubiera quitado la vida hace tiempo. Que me recuerden como un asesino, como un loco o ambas cosas no va a cambiar nada, no tengo familia ni amigos a quien pueda afectarles esto. Le ruego que no me interrumpa, como ya le ha dicho mi cerbero particular, puedo matarle si me interrumpe —una sonrisa fría se dibujó en sus labios cortados y finos, como una herida. Asentí—.

»Llegué al reformatorio de Las Santas Cruces siendo muy pequeño. Soy “nativo” de allí, que es como nos llaman a los que llegamos con seis años o menos. Mis padres me habían abandonado a las puertas de un convento cuando era un bebé de días y fui educado por monjas, aprendí a rezar antes que a sumar o a cantar canciones infantiles, mi respeto por Dios y por los milagros es absoluto y así como amo a Dios, temo al diablo. Con eso crecí y con eso he convivido toda mi vida. A los seis años me enviaron al reformatorio de Las Santas Cruces para que completara mi formación y aprendiera a relacionarme con otros niños.

»Mi infancia fue feliz. A pesar de que en el reformatorio, que para mí nunca fue otra cosa que un colegio, hubieran claras diferencias entre tres tipos de alumnos (los ricos, los delincuentes y los huérfanos) yo nunca me sentí alejado de ninguno de ellos. Mi educación cristiana me granjeó un cariño especial de las monjas, que además de monjas eran nuestras profesoras, en cierta manera, era el niño mimado. Jamás me sentí rechazado por nadie, mis padres no existieron para mí, tuve muchas madres que vestían siempre la misma ropa y me daban todo el amor que uno pueda desear. Aquel lugar me gustaba tanto que cuando cumplí los 16 no quise marcharme y me las ingenié para hacerme aprendiz del conserje, Tomás Argüello, que tenía la edad de jubilarse y precisaba de un sustituto. Me adapté con presteza a mi nuevo oficio y, en tres años, Tomás se fue y quedé a cargo del colegio. Mi vida transcurrió sin sobresaltos por más de seis años.

»Con veinticinco años, estaba fumando en la puerta trasera de la cocina con sor Carmen, mi mejor amiga, una monja que me doblaba la edad y cocinaba como los ángeles, pero fumaba como un demonio. Normalmente no hablábamos de gran cosa, era una mujer callada, siempre pensé que su pasado la perseguía, ya sabe usted, su mirada era triste hasta cuando sonreía y tenía arrugas extrañas para tener cincuenta y pico, uno percibe esas cosas si presta atención. Aquel día me habló. Me contó que había llegado un niño, Enrique Montoya, hijo de familia bien. Por lo visto la madre superiora había recibido la llamada de un alto cargo eclesiástico advirtiendo de que trataran bien al niño, que su padre estaba dispuesto a donar grandes cantidades a cambio de que enderezáramos a su hijo. Fue la primera vez que oí hablar de Enrique ¡Maldita sea la hora!

»Un mes después, ya era el cabecilla de un grupo de niños pijos que sembraba el mal por donde pasaba. Mire, he estado toda mi vida en esa escuela rodeado de niños huérfanos cuyas vidas estaban rotas, de niños problemáticos que habían pasado por varios juicios hasta caer en nuestra institución, pero jamás tuve problema con ellos, la gente pobre y humilde tiene una nobleza distintiva, saben que la vida es hostil, tienen miedo, y ese miedo los hace ser mejores en el sentido más profundo de la palabra. Pero los niños ricos eran los peores. Los inscribían a nuestro reformatorio padres incapaces de educarlos por si mismos, por estar más centrados en hacer dinero que en cuidar personas. Esas criaturas saben que los donativos de sus padres nos mantienen a flote y eso los empodera por encima de las profesoras y de cualquier autoridad. Enrique era el peor de todos ellos. Orgulloso, egoísta y violento. Pero había algo más en él, no eran cosas de niños lo que hacía, era sádico, sibilino, con una inteligencia para el mal aberrante en un chico tan joven. Siento un profundo asco cuando lo recuerdo, pero lo que pasó dos años después de su llegada fue una desgracia, indudablemente. No concierne al hombre juzgar los pecados de un niño, solo Dios puede hacerlo.

»En 2017, año en que sucedió el crimen, Enrique ya tenía once y se había establecido como máximo hacedor de fechorías, que iban desde atascar el wáter, inocente trastada, hasta darle una paliza a un chico al que tuvimos que hospitalizar por semanas. Era muy grande para su edad, gordo y retorcido. Escogía víctimas más pequeñas que él y los martirizaba hasta acabar con sus fuerzas, si se resistían su violencia iba en aumento hasta perder los papeles. Durante los dos años que estuvo con nosotros pensé que era la encarnación de todos los males del hombre, pero el mundo me reservaba una lección, que se acercaba en forma de niño nuevo. Para agosto de aquel año llegó a la escuela, no solían venir para esas fechas, pero era un caso especial. Sus padres habían fallecido en un terrible incendio. El niño se salvó al caer por la ventana. Sus vecinos aseguraron que su padre lo empujó para librarle de las llamas. El chico sobrevivió con dos costillas y un brazo rotos, su nombre era Miguel Laguna y solo verlo ya se sabía que no fueron sus costillas y su brazo lo único que se quebró aquella noche. Sus pupilas eran dos puñaladas sobre la luna de unas ojeras incipientes de enfermedad y tristeza. Su rostro pálido y su cuerpecito le hacían ver como el niño más débil sobre la faz de la tierra ¿Quiere un consejo? El diablo nunca se viste de Enrique Montoya ni es un lobo disfrazado de cordero, el diablo es un cordero, sin artificios ni trucos —me miró fijamente, se acercó a mí un metro, estirando su flaco pescuezo y remarcó cada sílaba de la frase—, ES UN PU-TO COR-DE-RO. Desconfíe de los corderos.

»Miguel se acostumbró rápido a la rutina de la escuela, llegaba puntual a las clases y al comedor, leía y hacía los deberes. Era un buen chico. En los dos meses que estuvo allí, nadie se acercó para hablarle o conocerlo. Yo estuve tentado en varias ocasiones, sobre todo durante los recreos, en que se sentaba junto a un olivo y pasaba horas allí, dejando pasar las horas mirando con atención la corteza del árbol. Pero era difícil, sus ojos tristes y desolados lo hacían inexpugnable. Su oscuridad era superlativa para un niño… seis años de pura furia y dolor. Solo yo escuché su voz, yo y Enrique Montoya, y lo que dijo también fue un misterio. Enrique estaba fuera aquellos meses, su padre había decidido llevárselo de viaje a Japón en un intento más de acercarse a un hijo al que no quería. Eso le dio una tregua a Miguel para adaptarse, como si Dios hubiera querido darle una oportunidad. Volvió de Tokio dos semanas antes del crimen y no tardó en darse cuenta de que había un chico nuevo, sus cuatro amiguetes le informaron de inmediato. Era un objetivo fácil, un chico enjuto y pobre de carácter al que someter. No entiendo ni entenderé lo que lleva a la gente a querer destrozar a otra gente, pero sin duda tiene que ver con el miedo, el miedo a ser tú el destrozado.

»El primer incidente entre ellos tuvo lugar en el comedor. Aquel día había puré de patata y lomo de cerdo. Enrique se acercó a la mesa de Miguel y escupió en su plato, justo en medio del puré que sor Carmen preparaba con tanto ahínco. Esto produjo grandes risas en todo el comedor, las viejas víctimas de Enrique reían nerviosamente para complacer al tirano y celebrando no ser los mártires de sus bromas por un día, sus secuaces lo hacían con fuerza aduladora, los demás lo hacían llevados por las carcajadas ajenas. Creo que ese niño rico encontraba placer en ver el dolor en la cara de los martirizados, pero esta vez no fue así. Miguel no levantó la cabeza, no lloró, no reaccionó. Hundió la cuchara en el puré, extrayendo con cuidado la zona afectada por el escupitajo, la dejó en la mesa, cogió otra cuchara y siguió comiendo. Si quieres enfurecer a un monstruo, págale con indiferencia. Los demás encontraban graciosa la chanza, pero Enrique necesitaba ver que había hecho daño a alguien. Hubo varios encontronazos y todos acababan igual, Miguel era intocable, un Enrique Montoya cualquiera no podía alcanzarlo.

»Hasta que llegó el 10 de octubre del 2017, día de mi cumpleaños, fíjese usted las ironías que a veces nos guarda Nuestro Señor. Aquel día comí pastel, las monjas y muchos niños me felicitaron y me regalaron varios libros, incluso sor Carmen me regaló uno de A.Gala que tenía pinta de ser bastante picante. Era un día maravilloso y me fui a echar la siesta como si fuera el rey de España, las hermanas no me dejaban trabajar en las festividades. Leí un poco de un libro sobre la vida de algunos santos que me había regalado la madre superiora y me dormí. Tenía dicho que nunca se me estorbara en la siesta salvo que ocurriera una urgencia, me levanto de muy mala guisa si se me interrumpe el sueño, que suele ser de unas dos horas.

»Recuerdo mis sueños, es una habilidad adquirida con años de esfuerzo, la he entrenado hasta convertirme en un sueñonauta experto, por un libro que leí cuando era pequeño. Es una capacidad interesante y a menudo divertida, me gustaba contarle a las monjas lo que había soñado y escandalizaras con algún detalle profano, que a veces, he de reconocerlo, me inventaba. Pero esa tarde soñé con mis difuntos padres. Era un bebé, un hombre y una mujer me sostenían en brazos y se acercaban a una puerta, la del convento en el que crecí, donde me abandonaron. Al llegar ante la puerta vi un cesto con mantas que parecía invitarme, pero en el sueño mis progenitores tenían otros planes. Ambos me tomaron de la cabeza y sentí que mi cuello débil podía partirse en cualquier momento, como una rama verde en manos de un gorila enorme. me pusieron frente a la puerta de madera, decorada con santos y cruces, y asiéndome por la nuca me golpearon contra ella con fuerza. Cada vez que me separaban de la puerta, tomando impulso para el siguiente golpe, veía mi sangre de bebé manchando los relieves. Los santos empezaron a sangrar también, hasta que todo fue una horrible cascada de sangre y muerte. Me golpearon sin parar, hasta que mi cabeza se abrió como una almendra blanca e inocente. Me dejaron en el cesto, que estaba rebosando sangre y noté como me ahogaba en ella hasta morir.

»Me libraron de mis pesadillas unos agitados golpes. “¡Carlos, han desaparecido dos niños!”, dijo un hilo de voz, temblorosa como un lago calmado sobre el que ha caído una piedra. No necesité que me dijera quienes eran, lo sabía de sobras. Ayudé en lo que pude, estuvimos horas buscando por todo el colegio, el gimnasio y los rincones ocultos del patio, donde los mayores se escondían para fumar sin ser vistos. No estaban por ningún lado. Las monjas llamaron a la policía y yo salí a buscarlos por el bosque aledaño a nuestra institución. El sueño interrumpido y mi pesadilla me habían dejado la cabeza algo atolondrada y estaba preocupado por Miguel. Enrique había estado deseando cogerlo a solas y por fin lo había conseguido, quién sabe lo que podíamos encontrar.

»Ya temía no encontrarlos antes de que cayera la noche, pero recordé un lugar, prácticamente me fue dado en una suerte de visión fatídica. Era un pozo rodeado por un claro en el bosque, no solía acercarse nadie por el horrendo olor a aguas estancadas que emanaba, habíamos pedido en varias ocasiones que el dueño lo tapara, pero no lo conseguimos. El bosque se hacía impracticable en octubre, los árboles arrojaban un sinfín de marrones que cubrían el suelo hasta no dejar ver si había tierra bajo las hojas, para colmo había llovido aquella noche y el terreno se dividía entre zonas en que la lluvia había generado un barro que devoraba mis botas y sitios en que el agua no había calado más que la hojarasca creando una resbaladiza y peligrosa alfombra. Por fin llegué donde podía divisar el pozo y allí estaban los niños, dos figuras minúsculas a lo lejos. La figura de Miguel, reconocible por su pelo negro y su cuerpo minúsculo, señalaba con un brazo a Enrique, cuyo cuerpo hubiera jurado que se retorcía. Me acerqué, caminando con dificultad por el bosque tupido. Cuando llegué a ellos lo que vi destruyó para siempre mis esperanzas de tener una vida sosegada y tranquila. Me fue imposible verlo antes, desde lejos, pero Enrique no solo se estremecía, sino que además se levantaba varios metros del suelo. Fuera lo que fuera lo que hacía Miguel, mantenía a Enrique en el aire doblándose como un acordeón viejo cuyas notas eran gritos agudos e insultos que salían entre sus dientes apretados. Me arrodillé ante Miguel para hablar con él, era sorprendente ver como su rostro, siempre impasible, ahora era de una furia clara, casi animal. Vi que tenía sangre en el labio inferior, juraría que le faltaban algunos dientes y su brazo izquierdo estaba quebrado, como un bolígrafo de tinta roja. Enrique había hecho su trabajo y Miguel se lo estaba pagando con intereses.

»El pequeño no me veía ni escuchaba, sus ojos no se separaban del cuerpo que estaba destruyendo. Finalmente, su dedo empezó a virar hacia un lado, al voltearme descubrí sus intenciones, quería lanzar el cuerpo de su enemigo al pozo. Debo decir que lo que ocurrió a continuación fue puro instinto, nada de lo que pasó fue una decisión, sino un impulso. Me lancé a por el cuerpo de Montoya y conseguí agarrarlo antes de que cayera, pero resbalé con la hojarasca mojada y me precipité en el agujero, conseguí asirme de unas piedras que le hacían de borde y quedé así, colgado con mi mano derecha sobre la piedra fría y la izquierda sosteniendo la mano de Enrique. Intenté subir a Enrique, pero estaba inconsciente y su peso muerto era imposible de subir con mi fuerza. Miguel se acercó a nosotros, vi asomarse su cabecita, que a la luz del atardecer tenía un aspecto angelical, divino. Sus ojos, sin embargo, eran los de un diablo enfurecido. Se arrodilló y me empezó a golpear la mano con unas uñas finas de niño de seis años, su ataque era débil, pero constante, no tardaría en conseguir que me fallaran las fuerzas, aunque mi mayor enemiga era la gravedad que empujaba de mí hacia el oscuro y maloliente pozo de piedra basta. “No quiero quemaros, pero sois como ellos. No me gusta el fuego, no me obliguéis”, decía con una voz tan tierna e infantil que no podía evitar sentir que no era esa su naturaleza, que era un niño bueno que había perdido los estribos, nada más. Como ya le he dicho, en esos momentos yo era puro instinto, solté la mano de Enrique dejándolo caer, agarré la mano con que Miguel intentaba hacerme ceder y lo arrojé al vacío. Oí los golpes de sus cuerpos contra las paredes del pozo y el sonido del agua al acoger a sus nuevos inquilinos, después un silencio horrible que aún escucho a día de hoy cada vez que me encuentro solo. Recuperé la consciencia de mí mismo en el coche de policía en que me detuvieron. Supe que sería absurdo usar esta historia para defenderme en un juicio así que dejé que las cosas siguieran su cauce, es usted la tercera persona a quien le cuento esto. La primera fue sor Caramen, mi amiga de tantos años, lo más parecido a una madre que he tenido, no se creyó nada, y un cura que trajeron para que me confesase tampoco dio crédito a mi relato, pero era una confesión y yo puedo mentir a los hombres, pero no a Dios. Hoy soy el hombre que secuestró a dos niños, los torturó, les rompió varios huesos, les propinó una paliza y los arrojó a un pozo.

—Y los quemó— sentencié.

—¿Qué?— me preguntó con los ojos tan abiertos como pueda abrirlos un humano.

—¿No lo sabe— le contesté con una voz presa de la impresión—? Los cuerpos aparecieron calcinados, habían ardido.

El rostro de aquel hombre se deshizo en un llanto destrozado y destructivo. Salí de allí convencido de que la historia que me había contado era totalmente cierta, llenó mis pesadillas durante semanas después de publicar mi entrevista, en la que no di todos los detalles, solo breves pinceladas que no me convirtieran en un sensacionalista barato. Hoy que el tiempo me separa un poco de todo aquello, puedo decir que solo se trataba de un loco, un hombre tan consumido por la culpa que inventó una historia para no odiarse demasiado. El crimen fue tan atroz que ni siquiera un psicópata como él podía soportar la verdad. La verdad…

Anuncios