Iba a iniciar este texto con una frase lapidante, una locura surgida de mi más profundo ser, un alegato a la vida y al amor: “Sus besos sabían como el sudor de una lágrima y escocían en los labios como un volcán de vinagre”. No descarto que esta inocente frase, tan engalanada con comparaciones rebuscadas, acabe por convertirse en un poema o una prosa poética de esas que escribo, en las que miento a mi escasa audiencia. Sí, miento, y lo hago sin remilgos, orgulloso de ello. No recuerdo sus besos, es todo una farsa bien calculada para producir una imagen convincente de escritor acostumbrado a una violenta falta de inspiración. No se enfade el lector que lea estas palabras, que no está en mi ánimo el estafar a nadie. Escribir es volcar en palabras lo que uno lleva dentro, lo que uno narra suele ser una versión edulcorada de sus propios ácidos estomacales. Lo que quiero decir con esto, es que la primera víctima de mis engaños, y tal vez la única, soy yo mismo. Decía Bécquer que el escritor es el que recuerda. Una de tantas frases que podrían ser motivo de retiro por mi parte. Si cierro los ojos no soy capaz de saborear el bocadillo que he desayunado esta mañana, imaginen unos besos que caducaron hace dos años. Todo es un desastre, incluso este blog que es lo único positivo de mi vida resulta ser una extracción de divisas extraña, una especie de terapia para desenquistar mis miserias. Qué vergüenza da ver mi piel sobre este folio y no reconocer su verdad aunque salga de mis dedos.

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