Cerca de donde Aramaio, pueblo de Álava, pierde de vista sus casas e incluso sus gentes, si uno es atento y sabe ver donde no hay, se revela un camino estrecho y serpenteante. Su historia, como todas las historias que han andado por caminos como este, se remonta a cuando la vida era muy distinta y muchas de las cosas que no tenían nombre eran señaladas como magia. Esa pequeña travesía fue ganada, metro a metro, por Víctor Barahona Ortiz y no inició en el pueblo su trayecto, sino desde el corazón del bosque. En mayo de 1732 Víctor Barahona llegó a aquellas tierras y se propuso encontrar un claro en el bosque cercano, donde afincar su casa y dar continuidad a la tradición de ser leñador, como lo fueron su padre y su abuelo.
Al principio, fue apenas un rumor, se decía que había llegado un hombre al pueblo, un leñador y se había hospedado en casa del alcalde, que traía referencias y que iba a iniciar su negocio en breves. Nadie lo vio, solo el alcalde y su mujer. Aseguraban que era apuesto y concienzudo, había salido muy de mañana un viernes con comida para varios días, lo necesario para dormir al raso y unas herramientas (pala, pico, etc.). Hasta el miércoles nadie supo de él. Un hombre sudoroso, sucio de llevar varias jornadas perdido por el monte y con una barba salvaje abrió la puerta de la hospedería del pueblo. “Busco a siete hombres fuertes y dispuestos, les pagaré bien”. No tardaron en aparecer los voluntariosos trabajadores que, ante el atento y diligente mando del señor Barahona, se adentraron en el bosque cercano con víveres para una semana. Pasado ese tiempo, volvieron tres de ellos a buscar más comida. Víctor los había contratado para construir una cabaña en medio del bosque y un camino que la comunicara con el pueblo. Tras un mes de intenso trabajo, habían acabado el camino y la estructura de la casa ya era sólida. Lo que al principio fueron siete hombres acabaron siendo una quincena, el señor Barahona pagó a sus empleados y decidió acabar él solo.
Todos quedaron satisfechos; había sido bueno, trabajado como el que más y había pagado bien. El alcalde y los quince trabajadores decidieron hacerle una fiesta de bienvenida a Víctor, que ya era el hombre más popular. Todas las mujeres solteras acudieron en tropel para conocerle. Se rumorearon muchos e intrincados lazos surgidos en el baile, pero la única verdad es que, en cuanto a mujeres, como en todo lo demás, Víctor lo tuvo claro desde que la vio. La hija del barbero era hermosa y de su misma edad, era más fuerte y recia que el resto de mujeres, una joven capaz de vivir en medio del bosque toda su vida. Se casaron a las dos semanas de haberse conocido, pues la necesitaba en casa cuanto antes, para ayudar en lo que pudiera, que era mucho. Con ella como fiel amiga y amante, acabaron la cabaña, iniciaron el negocio y tuvieron un hijo, que algún día sería leñador.
Desde entonces, siete generaciones de Barahona han vivido en la cabaña, que, aunque cuenta con ciertas comodidades, parece haberse quedado atrás en comparación con el resto del pueblo, y mantiene la esencia que le dieron Víctor y su mujer hace casi trescientos años. En Aramaio se sabe que el actual señor Barahona ha cumplido los cincuentaicinco años, su hijo tiene veintisiete y ya hace mucho que empezó a ayudarle en la empresa familiar. La madera que talan, empleando métodos ya caducos, es la mejor madera que puede uno conseguir en todo el País Vasco y tal vez en toda España. Eso es lo que se sabe, pero —como en toda historia que se precie— lo suculento no está en el conocimiento, sino en la sospecha, la mentira y el rumor.
Han sido tantas las leyendas alrededor de la familia que ningún hombre se acerca a la cabaña de noche, incluso los que no creen en esos cuentos de hadas. No me referiero a las fábulas que canturrean los niños en la escuela mientras saltan a la comba o chocan las manos, que versan sobre una casa donde todo es de madera: la cubertería, las sartenes, la cocina, incluso los hombres. Lo que hace retroceder la valentía de los adultos es otra cosa. Siete generaciones de leñadores son muchas. Lo que ocurre en estos negocios familiares es que, en un momento dado, uno de los hijos ya no quiere seguir con la tradición, les había pasado a todos, que eso no ocurra en siete generaciones es extraño. Siempre un hijo varón. Una pareja en medio del bosque, sin televisión, sin radio, era inconcebible que no tuvieran más hijos. En una ocasión, la mujer de un antepasado del actual señor Barahona tuvo gemelos, parecía que, por fin, iba a romperse la inquietante estadística, pero uno murió en el parto, sembrando más misterio alrededor de aquella familia. Hasta aquí, el lector podrá pensar que se trata de casualidades muy comunes y probables, pero esto solo es el principio. Si uno investiga y excava en los archivos del ayuntamiento, descubrirá para su sorpresa que el siguiente rumor es cierto. Todos los miembros varones de la familia murieron a la misma edad, los cincuentaicinco años, sin excepción. De ahí que se haya hecho popular la expresión; “Se te ve menos que la jubilación de un Barahona”. Sus mujeres, sin embargo, sí murieron en edades distintas y sin ningún patrón resaltable. Para colmo, si uno busca los registros de defunción, de los que solo he podido encontrar tres, pues antes no se guardaban, los tres últimos Barahona murieron de la misma afección, un fulminante ataque al corazón.
De la cabaña de los Barahona sale una cantidad desorbitante de madera. Es difícil creer que sea el trabajo de dos hombres, pero la furgoneta con que reparten los pedidos sale a diario con nuevas entregas. A pesar de ello, la gente que se ha acercado a la casa asegura que el bosque sigue frondoso e intacto. Siete generaciones de leñadores acaban con un bosque, o producen impacto suficiente como para que se resienta el paisaje, pero nada. La última habladuría la dejó caer en el bar Ernesto Celedonio, el fontanero, que había puesto la caldera en la cabaña de los Barahona. Aseguró que el día en que llegó, Pablo Barahona, el mayor de los actuales Barahona, estaba talando un árbol con un hacha. No pudo evitar quedarse mirando como aquel hombre partía un tronco grueso en menos de un minuto. Al ver caer el pino sonrió, pues pensó en los chismes que corrían sobre que nadie había visto un árbol cercenado en todo el bosque. Él lo tenía delante, un tocón limpio y hermoso, que desmentía todas las fábulas que había oído desde niño. No pudo acabar la instalación y tuvo que presentarse de nuevo la mañana siguiente. Cuando iba a entrar en la casa, sintió la necesidad de girarse a ver de nuevo aquel tocón, pero ya no estaba. En su lugar había de nuevo un árbol, alto como el que más, idéntico al que había cortado Pablo el día anterior. El resto de la jornada se le hizo cuesta arriba y no pudo calmar sus ánimos hasta la tarde, cuando pudo beber y contar lo ocurrido.
Los Barahona habían demostrado siempre una total indiferencia a aquellas historias, no les molestaban los rumores mientras no afectaran a la venta de madera, cosa que nunca pasó. Desde la muerte de María Alsogaray, la mujer de Pablo, que había muerto de cáncer, las labores del hogar se las repartían los dos hombres. La casa, acogedora a su manera, contaba con un silencio único. Padre e hijo, a pesar de quererse y respetarse, apenas hablaban. Pablo era un hombre oscuro y taciturno, melancólico desde que su mujer falleció. Ahora, a las cinco de la mañana de un día de febrero, miraba por la ventana pensativo. Su hijo desayunaba a escasos metros de él. Aarón devoraba un enorme bocadillo de salchichón y observaba a su padre, esperando que sucediera lo que venía pasando cada día desde que murió su madre. Pablo se movió hacia la puerta y la abrió, la mañana fría entró por la puerta e invadió la estancia. Lo hacía siempre. Aarón lo achacaba a la pena o al principio de una locura senil. Cuando acababa ese absurdo ritual se sentaba con él a desayunar, pero esta vez no fue así. Al llegar a la puerta se agachó, había algo en el suelo, a Aarón le pareció una manzana roja. Su padre, de espaldas a él, examinó con detenimiento lo que había encontrado y se lo guardó en el bolsillo, soltó un profundo suspiro y cerró la puerta.
— Hoy no talaremos nada —la voz de su padre sonó más oscura de lo habitual.
— Pero tenemos un montón de encargos.
— Iremos al bosque, tengo que contarte algo.
Regresó a la ventana y se quedó allí, mirando la noche desaparecer, no desayunó. Cuando el sol apareció, Pablo se puso la chaqueta y salió fuera a esperar a su hijo. El bosque estaba especialmente radiante aquel día, el rocío caía de las copas hasta el suelo, besando cada rama a su paso. Aquel baile tan conocido del agua y la naturaleza se le antojó un “tic-tac” de reloj preciso y definitivo. Sintió un escalofrío que fue interrumpido por la mano de su hijo sobre su hombro.
— ¿Vamos? —dijo Aarón poniéndose los guantes— Con un poco de suerte volveremos pronto y podremos talar antes de que anochezca.
— Vamos.
El rocío, antes tan distante en la observación, ahora era un abrazo parsimonioso, que iba humedeciendo su ropa hasta llegar a la piel y matarla de frío. Aarón seguía a su padre algo confuso, no era habitual hacer excursiones como esa, en realidad jamás habían hecho nada parecido, solo cuando tocaba encontrar nuevas zonas de talado. Al contrario de lo que decía Ernesto Celedonio, los árboles no crecían por arte de magia de un día para otro. Su padre y él cambiaban a menudo las zonas de trabajo y dejaban tras de sí una parcela vacía. Lo que sí era cierto es que no eran necesarios más de dos meses para que una zona talada volviera a crecer, era extraño, pero el chico no solía pensar en ello, era bueno que fuera así, si algo es bueno no hay que preguntarse de dónde viene ni por qué sucede. Llevaban una hora caminando cuando Aarón se dio cuenta de que nunca había estado en esa parte del bosque, jamás habían necesitado ir tan lejos. Su padre se detuvo, observó el bosque y reanudó la marcha hacia un pequeño claro. Se sentó en una roca y le hizo gesto para que se sentara en otra que quedaba enfrente.
— Tu madre tenía razón —empezó a decir Pablo, mientras Aarón bebía agua de su cantimplora—, no sé encarar estos momentos. Ojalá siguiera viva… no es bueno quedarse solo en este mundo.
— No estás solo, estoy yo.
— Sí y te lo agradezco. Soy un carcamal, un hombre poco inteligente, mi vida son estos árboles y nada más.
— Yo tampoco soy muy listo y sabes que amo este lugar.
— Yo no he dicho que lo ame —una leve sombra cubrió las palabras de Pablo— Sabes quién es Víctor Barahona ¿Verdad?
— Sí nuestro antepasado, el primero en llegar a Aramaio.
— Exacto ¿Conoces la historia que se cuenta de él?
— Sí. Llegó al pueblo, vino al bosque, hizo la cabaña…
— Eso es. Hoy lo conocerás mejor. Te voy a contar la verdadera historia de Víctor Barahona, el hombre que nos ha traído aquí esta mañana. Dame un poco de agua —Aarón le entregó la cantimplora y descubrió que su padre lloraba— ¿Cuántos años tienes ahora?
— Veintisiete.
— Yo tenía veintitrés cuando tu abuelo me contó esta historia. Aquí mismo, en esta misma roca. Era un buen hombre, el mejor que he conocido. Víctor Barahona llegó a este pueblo hace casi trescientos años y solo llegar se adentró en el bosque, tardó medio día en encontrar el claro que buscaba y decidió volver. Sin embargo, como bien sabes, no regresó hasta muchos días después. Muchos creen que se perdió, que extravió su rumbo y se adentró en el bosque en lugar de salir de él, pero no fue así del todo. Alguien o algo le encontró aquella mañana y le trajo hasta aquí. Una voz dulce lo llamó bosque adentro. Cansado de seguirla paró en esta piedra a reponerse, beber agua y comer un poco. La voz se calló. Algo apareció de entre los árboles, un ser del bosque. Una criatura lisa como el cuero, blanca como una nube, se sentó ante él, tal como tú estás sentado frente a mí. Hablaron. Aquella cosa quería algo y Víctor también, hicieron un pacto. Víctor Barahona era el tercero de cuatro hijos, su padre, un cacique como pocos, estaba obsesionado con el negocio familiar. Era un hombre violento y mezquino. Por eso, cuando su tercer hijo decidió abandonar la empresa familiar, urdió un plan. El hermano pequeño de Víctor había nacido con dificultades, su madre había muerto durante el parto y el niño sufrió algunas deformidades. Para Alfredo Barahona, padre de Víctor, aquel cuarto hijo era un castigo, una carga incapaz de talar un árbol. Aquel pobre niño creció hasta la edad de quince años, pero Alfredo no estaba dispuesto a mantenerlo por más tiempo y le hizo saber que lo entregaría a la iglesia para que lo encerraran en un convento hasta su muerte. El chico rompió a llorar desconsoladamente y le prometió a su padre que haría cualquier cosa para salvarse del convento. No era una oportunidad que Alfredo Barahona fuera a desaprovechar. Una noche, cuando Víctor salía de casa, fue atacado por un hombre con cuchillo, consiguió zafarse de la puñalada y arrojar a su agresor al suelo. Sin mediar discurso se le abalanzó encima y le hundió el cuchillo en la garganta. Cuando llegó un guardia con un candil, Víctor descubrió que el agresor era su propio hermano menor. Le llevaron a prisión y allí pasó unos días a la espera de juicio. Una mañana, su padre apareció con una sonrisa amplia en el rostro. “Tengo una oferta”, dijo. Había sobornado a los dos testigos del ataque para que declararan en contra de Víctor, diciendo que había sido él el que inició la reyerta, sería tachado de asesino y condenado a muerte. “Mi oferta es la siguiente; yo haré que seas exculpado del delito, sabes que tengo dinero suficiente para hacerlo e influencias de sobra. Pero la condición sine qua non es que vas a marcharte de aquí, un buen amigo, alcalde de Aramaio, te espera. Necesitan un leñador, uno bueno, y quién mejor que mi hijo para tal labor. Me va cartear cada semana para contarme cómo te va, si una semana no recibo carta o me dice que no estás haciendo tu trabajo, moveré hilos hasta culparte del atroz crimen de matar a tu hermano el lisiado ¿Queda claro?”. Víctor aceptó sin remedio y partió hacia Aramaio. Solo deseaba una cosa en el mundo, un sueño oscuro que le rondaba el corazón desde que era pequeño y recibió la primera paliza paterna: Matar a su padre. Aquel ser que tenía enfrente podía concederle ese deseo, pero no sería gratis. Víctor le contó la situación y aquel duende, o lo que fuera, puso precio. “Tu padre morirá esta noche —le dijo—, pero deberás cumplir su condena. Serás leñador en este bosque el resto de tus vidas, si pasa un solo día en que tú o uno de tus descendientes no taléis un árbol de este bosque moriréis todos, presas de un dolor infame. Solo tendrás un hijo, y tu hijo solo tendrá un hijo. Moriréis a la misma edad que tiene ahora tu padre. Pasadas once generaciones la maldición se habrá esfumado y seréis libres. Cuando cumplas la edad que tiene tu padre dejaré un regalo en tu puerta, deberás venir aquí y morir. Ese es el trato.” Víctor aceptó, ciego de odio. Hoy he recibido esto —sacó una piña de pino y se la entregó a Aarón, que la observó con detenimiento, tenía letras extrañas grabadas.
Aarón no daba crédito a todo aquello y no quiso creer ni una palabra de su padre. Pablo sacó una navaja y empezó a golpear suavemente la roca, el sonido del metal contra la piedra empezó a correr por el bosque. Miraba a su hijo y sonreía entre lágrimas. Aarón rompió a llorar y lanzó la piña lejos de allí, se levantó y le rogó que parase aquel absurdo espectáculo. Su padre temblaba, en una mezcla de miedo, pena y rabia. El sonido de la navaja se detuvo y fue reemplazado; unos pasos se acercaban. De detrás de un pino, apareció un ser alargado y blanco, borroso como si la niebla hubiera decidido cubrirle solo a él. Se movía de forma extraña, sus dos patas afiladas hacían pasos largos y lentos, horriblemente lentos. Donde debería haber un rostro se encontró carne lisa e inquietante. Se acercó a Pablo que lo esperaba con resignación. Le abrazó; apenas los blancos brazos de aquella criatura lo acariciaron, cayó muerto, sin un grito ni gesto de dolor. Aarón se lanzó al suelo para sostener a su padre mientras la criatura desaparecía entre los árboles. El joven se quedó allí una hora, incapaz de moverse, paralizado de terror y pena. Al fin, se levantó, tomó a su padre en brazos y caminó hacia la cabaña. Tras una travesía dificultosa cargando el cadáver por el bosque, lo dejó en la cama y llamó para que vinieran en su busca. Incapaz de permanecer en la única habitación de la casa junto a su padre, salió fuera y respiró hondo. El bosque, que siempre le había enamorado, parecía un hostil paisaje de muerte y fantasmas. Se levantó, se secó las lágrimas del rosto, agarró el hacha de su padre y taló.

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