¡Silencio! Te escucho susurrar a diez segundos del alba, cuando mi habitación yace víctima del cuchillazo nochicida de los primeros rayos de luz. Acostumbrado como estoy a tus suaves ronquidos, que ya son las columnas que mantienen mi casa erguida, me sobresalto ante tu blasfemia. Silencio, dices, ni a respirar me atrevo, al pecho se me ha cosido un escorpión, qué golpe más duro esa palabra, esa súplica o exigencia. Yo me disponía, como tantas otras veces, a cogerte la mano furtivamente, aprovechando tus ojos cerrados, invisibles muestras de cariño que te regalo cuando no me ves, y sin embargo me encuentro con un demonio, un sofoco feroz me lame los ojos sorprendidos. Alargo mi brazo y busco el vaso de agua que siempre dejo sobre la mesita, no lo hallo, no soy capaz, un temblor enorme me ha asesinado los nervios y el pulso ¡Silencio! Tu cuerpo tendido sobre el lecho es una rotura, un descosido en mi vida insuficiente ¿Qué soy yo, entonces? Mi obtuso y malformado cuerpo, mis ojos de rana miope, mi barriga de barril de cerveza ¿Qué hago aquí, contigo? Solo aprovecharme de un error en el reparto de mi suerte. Pero aun así, aunque la diferencia sea tan abismal entre ambos, tan precipiciosa, esa palabra aquí, en el momento tan indicado ¿Qué es esa palabra? Tres sílabas que parten mi alma y me condenan a lágrimas incomprensibles que agrietan mi esqueleto ¡Silencio! Es una orden, sí, una orden de tu subconsciente, o el inicio de un discurso… ¡Silencio! Porque voy a hablar, de ti, de mí, de todo, del huracanado y onírico sueño que no compartimos. Dijiste esa palabra, pero pudieron ser otras ¡Golpe! ¡Espanto! ¡Muerte! Sí, muerte de todo lo conocido, de esta noche, de ti, de mí, de todo, el silencio es el epíteto de la muerte, el prólogo y lo títulos de crédito de todo lo que muere. Maldita sea, hoy, un día cualquiera ¡Silencio! Siento ese martillazo reptar por nuestro cuarto, por debajo de nuestra cama, haciendo un ruido horrible, fúnebre, callado. Como se viene la muerte, tan callando. Ojalá hubieras callado esa verdad que ya sugerían mis pensamientos en los últimos meses. Para cerciorarme de que sigues ahí, de que no te has deshecho como mis esperanzas en ese vocablo, te acaricio la piel del brazo. Qué algodonosa eres, incluso ahora que tu piel se yergue en escamas afiladas. Arrebatas de mi coraza los últimos guijarros y eres tan hermosa que asustas, qué bonita eres dormida como si nada. Tu boca es el verdugo más precioso. Me voy a morir cuando te vayas ¡Silencio! Me apagaré como un viento encarcelado, me iré desmenuzando en miedos y gritos incomprensibles. Ojalá que nada se moviera ahora, detenido el mundo en esta parcela inconcreta del tiempo. Cuando te acaricio, Dios existe en la yema de mis dedos ¡Silencio! Ese fatídico significante, ocho letras de puro odio ¡Silencio! Para acallar al corazón que late ¡Silencio! Para anegar las venas que arden ¡Silencio! Para justificar el crimen de los que se quieren hasta quebrarse los átomos ¡Silencio! Para enmudecer la poesía que cae y se alza entre nosotros. Abres los ojos y te acuerdas de mí por un momento, la tristeza aparece poco a poco en tu rostro y escuchas a tu alrededor la muerte anunciada de todo sueño o pesadilla ¡Silencio! Te quiero, pero ¡Silencio!

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