El líder silencioso deja que se oigan sus golpes sin mover la mano, sin pedir esfuerzo a las orejas ni a los ojos de los liderados. Sin mediar palabra, agarra un poco de barro y, ante todos, con los brazos descubiertos para dejar claro que no hay truco, crea vida en lo muerto, hace castillos en el aire soplando una piedra. Cuando termina sus gestas no alza su nombre, ni exige rezos a sus devotos. Agradece al zapatero sus zapatos, al jardinero su jardín y a su padre las enseñanzas.

Los párpados separados y enormes de sus espectadores no le causan más orgullo que el necesario para un hombre bueno, que siente a veces la soledad del hombre que sobresale, el frío horrendo de las cumbres. Callado como un paisaje, viene y va sin buscar razón con nadie.

Sus fieles le adulan con vítores eufóricos; ha logrado convertir un desierto en manantial divino, un ciego en rey, ha hecho estallar la noche con un ejército de luciérnagas y agrietado la lava de las profundidades de la tierra. De repente, los aplausos crecen, se multiplican. Un grupo de enemigos, de rivales feroces que desean su derrota como desea el pan un hambriento, se acercan a él haciendo sonar sus palmas, cantándole canciones de amor, arrojando flores a sus pies.

La lágrima de un niño que chuta un balón bajo la atenta mirada de su abuela aparece en los ojos de ese dios pequeño, y uno comprende que la divinidad es tener el corazón en el cielo y los pies en la tierra.

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