Hoy, un martes cualquiera,
a la intempestiva hora en que me recojo.
Escondido en un asiento de autobús
oscuro como el cabello de una tormenta,
arrugado mi esqueleto en acordeón siniestra,
rodillas en ristre con función de mesa inmóvil
contra el respaldo de enfrente,
apoyadas las muñecas en los muslos,
escribo mis desgracias en un viejo móvil
rallado por mis uñas, que no pongo interés
en cortar desde que te fuiste.

Conozco las ramblas que cruzo,
los árboles, los conozco,
verdes y amarillos, rojos a la luz esquiva
de un sol violento que me muerde los pelos
de las piernas.
Aquella casa, derruida por un beso de viento,
pared en pie contra todo, cuatro piedras
dislocadas,
casa de lagartijas y serpientes, antes del hombre.
Ahora las bestias aman su tosca piel
y la recorren como quien halla un oasis
donde la sombra te cuida el alma.
El agua se acumula en sus rugosos contornos
y beben de ella igual gatos que ratas.

Lugares comunes que comparten mis ojos
como dos pobres comparten la piel de una naranja.
El viento hace zarandear levemente el autobús
y maldigo el viento,
único y destructivo amigo, que viene a tumbar
esta comodidad infame del que no espera nada.
De aquí para allá, en unas ruedas que avanzan.
Qué duras son las metáforas tan claras.

A un metro de mí un huracán con piernas de mujer
lee un libro distraídamente,
cada minuto alza su rostro y mira por la ventana,
momento que aprovecho para respirar.
Ojalá no fuera un maligno rufián,
el abominable hombre del asiento de al lado,
y pudiera decirle que me conmueve el arco que dibujan sus cejas
cuando la protagonista besa a su amado,
que no puedo evitar sonreir cuando su cuello se tensa
por la cuchillada del asesino en las costillas de la heroína.

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