Hoy no, poesía, no aparezcas en estos ojos, ni en aquellos, te lo imploro. Hoy vete a dormir con las sirenas y las lamias. Muere en los brazos de quien quieras pero no vengas a resucitar aquí, no en mis manos ni en su piel ¡No! No vengas a mis palabras, hoy no te quiero, odio tus huesos, tu voz siempre dictando lo bello y lo desnudo. Parte, sin más, no hables con nadie, cierra la puerta cuando salgas y dime adiós desde el barco como hacen las buenas amantes. Estírpate de mí y de ella, de esa mujer que nunca acontecerá en mis labios y que pretendes impregnar de fragancias insólitas ¡Basta! ¡No quiero! Deja de brillar en mis pupilas cuando la ves, deja de recitarme los sueños de la noche pasada en que era mía como no lo será nunca. Vete de mí, poesía maldita ¡Hija de puta! Te echo para siempre de mis jardines y mis habitaciones ¡Vete a la mierda! Te condeno al exilio más frío y miserable, a la pesadilla más eterna. Me gustaría aprender a escribir grandes dictaduras, guerras antiguas con detalle riguroso y metódico, ensayos científicos o políticos con que sorprender a los sabios y, sin embargo, aquí estás, perdiendo el tiempo en una oreja de mujer, en un centímetro doloroso e indiferente que me parte en dos. Vete lejos, hazlo ahora que voy a verla, hazlo para siempre, porque te odio, hoy te odio y no sabré decirle “amiga”, si te quedas…

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