Hay que planearlo bien, pero no olvidarse de empezar cuanto antes. Amiga, quiero casarme contigo algún día. Quiero vivir y vivir de veras, lanzarme al vacío de la jornada con tu rostro como telón innegociable, que tu voz me llame desde la vida para que todo funcione y baile, que el primer suspiro de mis mañanas sea por dejar volar los sueños tuyos que quedaron en mi boca. Son motivos, como lo son tus ojos ardiendo por un paisaje, tus dientes mordiendo una fruta, lastimando su piel hasta estallar el sabor del deseo… ¡Ay, dios, (y hay dios) si pudieras ganarme en un duelo de quererse! Qué bonito sería este otoño que empieza, estas hojas caídas desde la primavera más lejana, esta ausencia de flores, tan triste a veces, sería un vacío en que colocar mis latidos y mi sangre, mi alma toda celebrando estas nubes que amenazan lluvia constante. Son motivos, irreales e inconexos motivos, para quererte de compañera todos los días que existan. Pero no es por eso que quiero casarme contigo, nada tienen que ver los otoños, los despertares ni los besos… Quiero casarme contigo para romper a reír cada segundo, cada vez que suelte aire quiero que sea por una carcajada, respirar riendo, andar riendo, bucear riendo, correr los cien metros lisos riendo… Quiero poner un anillo en el dedo anular izquierdo de tu locura, mirar dentro de ella, bañarme en ella, ungirme de ti, de la esencia desquiciada de un verso que brota de tus pulmones y estalla en mis recelos hasta derretirlos. Quiero ser feliz y loco al mismo tiempo, que la vida pase como el viento y se lleve de nuestra unión una alegría que transforme el mundo.