Me arde la lengua cuando te veo.

Vive en tus labios rojos La Voz,

y todas sus palabras son versos,

son leyendas, poemas completos.

Me arde una lira oculta en la boca,

mis fieros dientes tiemblan de ti

y solo los conmueve tu frío.

 

Muerte mía, perdida en un siempre,

haces a mis fantasmas danzar

en la sangre de un vértigo hirviendo.

 

No recuerdo ningún beso tuyo,

el olor y color de tu pelo,

la aspereza de aquellas caricias.

¿Cómo puede un sencillo mortal

olvidar los milagros tan pronto,

tirar a la basura del tiempo

los escasos instantes de vida?

 

Nace en mí un tierno deseo extraño:

quiero plantar tu voz en la tierra,

lejos de los relojes de arena,

de la lluvia ácida y los inviernos.

Abonar la tierra con mis huesos,

regar tu semilla con la tinta

que mana en la herida de este verso,

besar tu primer brote castaño,

clavar mi latido en tu hoja verde,

ávido de tu néctar silvestre.

 

Madera, nacida del ingenio,

alimentada por quien te adora.

Madera recia, madera basta,

envidia de reyes y poetas,

quiero hacerme un ataúd contigo,

con tu voz veraz y poderosa,

material eterno en que enterrarme

para convertir en paraíso

el último aliento que me aguarde.