El jueves por la tarde, puntual como una puñalada, cierra la vieja puerta de madera verde,  tan agrietada como su mano diestra. Teme que, cuando vuelva, esos dedos ya no tengan fuerza para abrir su casa y quede vagabunda y a la intemperie. Catorce vueltas daría a la llave si pudiera. Lenta y cansinamente la puerta ruge y las clavijas la encierran fuera, presa en un mundo enorme que ya no espera nada de ella. Diecisiete años sin su esposo, nadie debería pasar tanto tiempo sin un abrazo, sin un beso. Su cabeza, cana por completo, sostiene con resignación una cabellera escasa, blanca y fina. No rechaza su vejez, la vive pasivamente, existiendo por reflejo, por costumbre. No sabe llorar desde hace mucho. Lo echa de menos, como echa de menos coser, barrer su cuarto sin que duela todo… No pesa, lo justo para sentir bajo sus pies el suelo de la calle. Su perro le sirve de ancla, sin él saldría volando a la mínima brisa. El taciturno y noble can, más soldado que amigo, vigilando con afiladas orejas que nadie se acerque. Ladrador que muerde si es preciso, pequeño como un par de zapatos, peludo recelo con patas flacas, altivo y galopante como un caballo de concurso. No disfruta los paseos, no son ocio para él, ni evento en pos de sus necesidades. Sale a pasear a su dueña porque si se queda en casa mira demasiado las fotografías. Mea lo justo, caga todavía menos, cada cuatro pasos se gira a mirarla, a comprobar que sigue ahí, asida a la correa como quien sostiene un rosario. No se deja acariciar por los adultos. Sin embargo, los niños son celebrados por una cola danzante, lengua fuera y saltos de euforia. Los niños le alegran el corazón a su dueña, que agarra con más fuerza la correa, volviendo a la vida por un instante.

Los hados malvados de la vida le anegaron el vientre con espinas negras. Aquel doctor, aquella consulta perfumada de caliqueño y aquella noticia: “No tendrá hijos, señora Guinovart”. Cincuenta y dos años desde aquel día y seguía odiándose por nada. Estéril como un desierto, estéril como un abrigo devorado por las polillas, estéril… la palabra más feroz y despiadada que escuchó nunca. Dedicó su vida a su marido que se había ido antes que ella. Ahora, a medida que se iba curvando, se fue convirtiendo solo en eso, en la tumba de los hijos que no tuvo.