Golpeé la barra del bar para desperezarme. Ya no era de noche, había dormido una hora y lo que tenía enfrente no era una cerveza sino un café. Busqué mi mochila de nuevo, ahí estaba, como las últimas diez veces. En esta ocasión fui más allá y la abrí para comprobar que en su interior se encontraban las fotografías. Una sonrisa de diablillo se reflejó en el brillo cromado del surtidor de cerveza que tenía delante. Era buenísimo, lo había pillado… por fin aprobaría la asignatura que me faltaba para tener la dichosa carrera. Me bebí el café de un sorbo, quemaba, pero me lo merecía.

La calle estaba más irritante que de costumbre, los pitidos de los coches, los frenazos, el bullicio de la gente en el mercado… todo entraba en mi cabeza y me rompía los nervios. Tenía la intención de no beber la noche anterior al gran día, pero ¿Qué le vamos a hacer? Tenía que celebrarlo. El gran hombre, Jorge Escribé, profesor de literatura latinoamericana contemporánea, respetado articulista y gran ensayista, decano de la universidad, se había follado a una alumna menor de edad… No sería yo quien le discutiera tal asunto, la chica estaba muy buena, pero su mujer quizás no quedara muy contenta al ver las fotografías que había conseguido. 

El despacho estaba cerrado, la secretaria me había advertido que Jorge podía no presentarse aquella mañana, pero yo estaba dispuesto a esperar lo que hiciera falta. Pasé mucho tiempo allí, una hora por lo menos, la mirada de aquella mujer era un sinfín de reproches, supuse que debía tener un aspecto demacrado. Decidí despedirme de aquel sapo con gafas de pasta e ir al baño para mirarme en el espejo. Estaba hecho un puto desastre, me había equivocado al abrocharme la camisa y los botones estaban descuadrados, mi pelo era una maraña de remolinos que arreglé como pude y cuando me lo estaba peinando descubrí varias marcas de pintalabios en el cuello. Al parecer aquella noche había triunfado, estaba tan acostumbrado a las lagunas mentales que aquello no me sorprendió en absoluto. Ya sabéis, las mujeres siempre se van con lo capullos. Supuse que Jorge también lo era, un tío de casi sesenta que se tira a una chica de diecisiete… es un referente, no os lo voy a negar. 

Una vez acicalado, volví a la guarida de mi enemigo, su cerbero fiel atendía una llamada y me indicó que tomara asiento. Cuando acabó de hablar, la secretaria insistió en que Jorge no vendría en toda la mañana, pero yo me quedé sentado allí, leyendo una revista de cotilleos, ignorándola. Me aceptó como a uno más de los muebles que decoraban la sala, con la diferencia de alguna que otra mirada de reprobación. Al fin se fue a hacer un recado y yo creí oportuno largarme de allí, pero no sin antes entrar en el despacho y dejarle una fotografía de la colección con una nota que escribí allí mismo, en la mesa de su secretaria.

“Esta es una de muchas, si no quieres joder tu matrimonio, más te vale que apruebes a Carmen Rebollo Martín, Pedro López Mugret, Leopoldo García Remanso, Laura Borrull Cigüenza y Carlos Lomar Castillo.”

Vi conveniente mezclar mi nombre con otros que también hubieran sufrido bajo el brazo dictatorial del ilustre decano. En esa lista había gente que incluso le odiaban más que yo, aunque carecieran de mi creatividad natural para la venganza. Además, era impensable que yo incluyera a otros en mis reivindicaciones, no encajo en el perfil de héroe estudiantil. La secretaria no me reconocería, era corta de vista y no se fijaba en los alumnos, por pesados que fueran. 

Miré por última vez al pasillo, para comprobar que Igor estaba lejos y podía adentrarme en el despacho del doctor Frankenstein sin temor a ser sorprendido. Cogí la llave de la mesa de la secretaria, pero la puerta ya estaba abierta. Era una cueva oscura de persianas bajadas, pero dejaban entrar pequeños hilos de luz que eran más que suficientes para llegar a la mesa y dejar la fotografía con la nota. Pero entonces algo se movió.

—Le he dicho que nadie me moleste hoy, señora Delgado, eso le incluye a usted— reconocí la voz tediosa e ilustrada con que impartía clase.

—No soy su secretaria— pensaba llevar la teatralidad hasta donde hiciera falta, me lo iba a gozar. 

—¿Quién cojones eres?— volteó su silla hacia mí e intentó reconocerme en la oscuridad. 

—Soy uno de tus alumnos— la situación me pilló sin recursos y me estaba poniendo nervioso la estética lúgubre que había tomado todo.

—Uno de mis…— hizo rodar la silla hasta un interruptor que abrió la persiana. 

La luz entró progresivamente, iluminando una habitación destruida, era como si le hubieran robado aquella misma noche. Él, hombre ilustre y respetable, se encontraba en un estado deplorable, el olor a alcohol era evidente y los papeles desordenados sobre su escritorio no encajaban en su personalidad metódica y obsesiva. Me armé de valor, fuera lo que fuera lo que había pasado yo tenía que seguir mi plan. Me acerqué al escritorio y arrojé la carpeta de las fotografías sobre el montón de papeles. 

—Esto es lo que quiero, y voy a ser muy explícito, quiero que me apruebe o esta capeta y su contenido llegará a manos de su mujer. 

—Tú…— sus ojos rojos por haber dormido poco me miraron fuera de sí, parecía que iba a saltar por encima de la mesa y matarme— Eres un hijo de puta de los que ya no quedan, ojalá te extingas tú y todos los de tu raza, ignorantes que queréis joder la vida de las personas que tenemos más cojones que vosotros.

—Me importa una mierda lo que pienses de mí, este es el trato, lo coges o lo dejas— Mi valor ya no era tanto, todo yo temblaba. 

Agarró un abrecartas de la mesa y lo encaró hacia mí, no supe qué hacer, así que, como buena alimaña, cogí la carpeta y salí corriendo. Detrás de mí escuché un bramido de furia y lo que juraría que era el abrecartas clavándose en la mesa. Bajé las escaleras de la universidad como perseguido por mil demonios, esperaba que en cualquier momento aquel hombre apareciera de la nada, para atacarme. Llegué al coche y me fui a varias manzanas de allí, a aclarar las ideas. 

Mis latidos seguían acelerados, me sentía como aquel chico que fui hacía ya mucho, acojonado y escondido en la mesa de la cocina, esperando a que mi padre leyera mis notas y me castigara. Las manos sudorosas habían empapado la libreta. Mi mano marcada sobre el color beige era una manifestación certera de mis huellas, de mi culpabilidad. Me sentía enjuiciado, perseguido por la justicia. Entonces, un escalofrío me golpeó la nuca, aquella carpeta no era la mía. Debido a la tensión me equivoqué y agarré una de las muchas que había sobre el escritorio… Un miedo absurdo me poseyó, un sentimiento de hondo fracaso. Pero era ridículo, tenia las fotos en mi ordenador, aquel pequeño despiste no tenía consecuencia alguna, pero el sentimiento persistía. Estiré el asiento para tumbarme y calmar mis temores. Poco a poco la tensión fue despareciendo de mi pecho, me iba a quedar dormido si seguía allí. Así que me incorporé con intención de irme a casa. Mis ojos se posaron en aquel error beige, que había caído del asiento al reposapiés. Lo abrí con cuidado, como quien desarticula una bomba. Con suerte serían exámenes o alguna cosa importante que me ayudaría a llevar mi chantaje a nuevas cuotas. Era un informe:

Estimado Sr.Escribé, le adjunto las pruebas que me pidió sobre el asunto con su esposa. Sentimos comunicarle tal situación y esperamos que confíe en nuestra agencia en casos futuros, ojalá menos desafortunados.

Atentamente, 

Agencia de detectives Nueva luz, 

Barcelona, 12 de setiembre 2017.

No era lo único que había en la carpeta, tras el inmaculado informe, encontré unas fotografías. Eran de Morty’s el bar más popular de la ciudad, una pareja salía del local. El tipo agarraba a la chica por el culo, por la cadera, le daba besos en el cuello y en la boca. Se divertían. Entraban en un taxi y se piraban. Luego había un par de fotos más, en ellas, llegaban a un hotel y entraban